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Empezar una conversación sobre derechos humanos

No es solo la falta de desarrollo económico lo que mantiene a Latino América en la retaguardia. Es la flexibilidad con la que se aplican derechos constitucionales que en otros lugares se consideran escritos en piedra

Ganó Mauricio Macri en Argentina, el candidato centrista. El gane significa muchísimas cosas, entre ellas, el agotamiento del Kirchnerismo, la prueba de que la candidatura de Scioli era inviable desde un principio, pues nunca logró sacudirse la toxicidad de su patrona, mi homónima Cristina. Pero son más importantes las consecuencias para el resto de la política latinoamericana. 

Muchos analistas han anunciado que el debilitamiento del socialismo del siglo 21 vendría por la vía económica, inevitablemente cuando la gallina, exhausta, dejara de producir huevos de oro. Al quedarse en números rojos la cuenta de cheques, sería entonces imposible seguir comprando apoyos electorales a través del populismo, construyendo imperios personalistas, y financiando campañas políticas en la región para construir un amigable bloque y reducir la influencia de Washington.

Sin embargo, por mucho que los resultados electorales de Argentina impliquen la confirmación del debilitamiento del socialismo del siglo 21, el análisis de las implicaciones de la victoria de Macri no es uno que debería hacerse con una óptica de triunfalismo para la derecha: el margen de la victoria fue demasiado estrecho como para asignarle demasiada importancia a esa narrativa. El resultado más importante puede que sea el inicio de una conversación sobre derechos humanos.

Es desafortunado que cuando se habla de derechos humanos siempre se hace desde la óptica de “los tuyos” vs “los nuestros”, con una polarización parecida a la que el ojo-pachismo ante la corrupción cuando es de un lado del espectro político. Muchos han dicho que Macri representa esperanza en el campo de los derechos humanos en el sentido que condenó de manera enérgica la opresión política que se vive en Sur América, desde el cautiverio de Leopoldo López en Venezuela hasta las mordazas mediáticas de Rafael Correa en Ecuador. 

Sin embargo, para otros, Macri podría significar un obstáculo en los procesos judiciales contra quienes han sido acusados en los setenta, de haber estado del lado de los opresores. Ojalá se siga exigiendo justicia para los opresores setenteros pero con el mismo volumen con el que debe exigirse justicia también para los opresores del presente. Si lo que se quiere es justicia, no debería haber distinciones para quién se pide. Con la misma convicción debe buscarse la justicia y esclarecimiento para las víctimas de antes como para los Nismans y Lópezes de ahora. Lo contrario es hipocresía o politiquería.

No es solo la falta de desarrollo económico lo que mantiene a Latino América en la retaguardia. Es la flexibilidad con la que se aplican derechos constitucionales que en otros lugares se consideran escritos en piedra. Los derechos humanos y la ley que los protege son el límite que en otros lugares detiene al poder. En Latino América, el poder aplica y desaplica a conveniencia, la Constitución y el Estado de Derecho, más que piedra son hule de elasticidad circense, y los derechos humanos, más que límite al poder, son obstáculo que incomoda y que hay que apartar amordazando o encarcelando.

Daniel Lansberg-Rodríguez comentaba en la revista Foreign Policy que el triunfo de Mauricio Macri pondría nuevos niveles de presión al bloque de aliados en el Sur para que justifiquen el silencio complaciente que demuestran ante las barbaridades violatorias de los derechos humanos que hacen sus vecinos. Una cosa es callar ante lo indefendible cuando nadie exige explicaciones, pero si un Mauricio Macri en las cumbres internacionales aboga por los presos políticos con el volumen que lo hiciera en la campaña electoral, obligará a Doussef, Mujica y compañía a sentar postura. ¿Se atreverán entonces a defender lo indefendible, eso de que violar los derechos humanos si son de “los tuyos” y no “los nuestros” es justificable? ¿Qué hará el gobierno del buen vivir? ¿Qué harán los medios? ¿Pintarán las conversaciones de derechos de colores ideológicos o coincidirán en que deberían de ser inaceptables siempre --desde el punto de vista de la universalidad de la dignidad humana-- si queremos prosperar como región? La responsabilidad es de todos.

*Lic. en Derecho de ESEN con maestría enPolíticas Públicas de Georgetown University. Columnista de El Diario de Hoy.
@crislopezg