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“Emojis” vs. palabras

Equivocado el que dice que la distancia es el olvido. Las cartas mantenían viva la llama, abonaban las raíces de nuestra relación. Así lo confirma una carta, con todo y pétalos de rosa, que recién apareció en el baúl de los recuerdos

Cuenta el sabio Google, que los “emojis”, símbolos que invaden los mensajes electrónicos, forman parte de la cultura japonesa, pero se convirtieron en ciudadanos del mundo, cuando debutaron en los smartphones de Apple y Android.

Los hay generales, como la carita triste y la feliz, la mano apretada en forma de Yeah!, y el beso. Los hay específicos, como una blanca flor (que en Japón significa “bien hecho”), la jarra de cerveza y el pedazo de pizza.

El punto es que se multiplican como ronchas de varicela, no solo entre los “teenagers”, sino también entre los “baby boomers”.

Para muestra el botón de los “WhatsApp” de mi mujer, durante sus aventuras laborales en el extranjero. 

No estoy en contra de los “emojis”, le agregan vida al desfile de letras. Son como la cereza encima de un tres leches.

Están bien las caritas y los aplausos, pero no me gusta que me contés “voy a cenar - emoji de sushi”.

De acuerdo, da ganas de untar la imagen con soya y wasabi, pero hubiese preferido algo como “Esta noche vamos a un rinconcito de sushi que, dicen, es una fusión de ingredientes y talento nipón con inca. Como me gustaría que estuvieras aquí -”emoji” de beso”.

Una introspección, durante una reciente noche de insomnio, indica que la varicela de “emojis” es un virus indetenible.

Entre vuelta y vuelta (como pupusa en comal), me cuestionaba si mis nietos van a poder escribir sin ”emojis” y sin abreviar casi todas las palabras. Juzgando por la tendencia, sinceramente lo dudo.

En materia de comunicación entre homo sapiens, el futuro es ahora. La generación de mis hijos ha escrito, como mucho, cinco cartas en sus vidas, ninguna a puño y letra. Por otra parte, si han escrito millones de chateos cargados con su propio Código Morse de abreviaturas y “emojis”.

Antes del “smartphone, Facebook, WhatsApp, Instagram” y demás astralidades de la tecnología, don Mundo era más tranquilo, como Camilo.
Nos gustara o no nos gustara, antes de salir a conguear, entrábamos a saludar a los suegros; los novios hablábamos laaargooo, de madrugada, única ventana de privacidad en el teléfono fijo, y escribíamos cartas de amor, con acentos de emoción expresados, no con “emojis” digitales, sino que con corazones pintados de rojo profundo.

Equivocado el que dice que la distancia es el olvido. Las cartas mantenían viva la llama, abonaban las raíces de nuestra relación. Así lo confirma una carta, con todo y pétalos de rosa, que recién apareció en el baúl de los recuerdos.

Ahora las rosas no son de verdad, son “emojis”. El corazón es rojo, pero no pintado a mano. No tocamos el timbre, pero sí mandamos un “WhatsApp” con “emoji” de timbre. La privacidad no es más un problema, gracias a que podemos hablar y chatear, desde donde sea, protegidos por el pin de nuestro cel.

La varicela “emoji” es democrática. Así lo demuestra la penetración de smartphones en Cuscatlán, que se ha duplicado en tan solo doce meses. Según don Google, cuatro de los siete millones de aparatos en bolsas de pantalón y carteras de mis compatriotas, son inteligentes.

¡Equivocado también, el que dice que una imagen vale más que mil palabras!

Atención, profesores y padres con cipotes, mucha atención. Debemos enseñar y predicar la magia de la palabra, el poder del puño y letra, la válvula de escape de la lectura.

Que los “emojis” complementen y no sustituyan la expresión. De lo contrario, el mundo en 2020 será una fría autopista de comunicación digital, de pocas palabras, y demasiadas abreviaturas y “emojis”.

*Colaborador de El Diario de Hoy. 
calinalfaro@gmail.com