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Elecciones y esperanza

Iniciado diciembre, hemos llegado a la barrera de los tres meses para la próxima elección de diputados y alcaldes del primero de marzo, en la que por primera vez habrá voto cruzado, algo que abona a la democracia por darle al electorado más opciones a la hora de ejercer el sufragio, y, según se interpreta de la resolución de la Sala de lo Constitucional, por un mayor respeto a la voluntad ciudadana a la hora de contabilizar los votos, porque si, por ejemplo, se da el conteo de los votos cruzados en el Tribunal Supremo Electoral --con presencia de los partidos contendientes--, se le quitaría esa atribución a las Juntas Receptoras de Votos, lo cual no implica restarles importancia.

Voto por rostro desde la elección anterior (2012) y voto cruzado a partir de la de 2015 son ya avances que continuarán aumentando en la relación representados/representante conforme vaya siendo el desempeño de cada uno de éstos, comparado con lo que fue nuestra tradición de voto por bandera que a quienes privilegia es a las cúpulas de los partidos. Pero si bien habrá una mayor gama de opciones, en su esencia plena continuarán siendo dos opciones entre las que se elegirá: la de oposición o la oficialista. Las dos marcas grandes ciertamente que atraen por tener consolidado su voto duro, pero se espera más, mucho más de los candidatos a diputados que andar cachucha con las banderas de Cuba y Venezuela.

Tras la resolución de la Sala de lo Constitucional que sanciona el transfuguismo, con el propósito de que se respete la voluntad popular expresada en las urnas, se espera que a partir de mayo de 2015 podamos tener en nuestro país los pesos y contrapesos ("check and balances") que se requieren para la salud de la convivencia democrática, algo por la que el electorado salvadoreño votó desde 2009, repartiendo el poder, cuando le brindó la conducción del Ejecutivo al FMLN y supuestamente la Asamblea a la oposición, repitiendo en las legislativas de 2012. Así, lo que la gente demostró con su voto es que no está para aventuras totalitarias, ni por tipo alguno de "revolución".

Poder vivir sin la angustia de la muerte rondando, tener sustento para que alcance para la canasta básica y mejor atención en la salud y al menos regular educación para nuestros hijos es lo que pide la mayoría de conciudadanos. Nada de ello es ideológico, simple supervivencia humana, pero ante la falta de esperanza los padres --como pudimos observar con el terrible drama humano de mitad de año en los centros fronterizos estadounidenses-- en el "Triángulo Norte" prefieren jugarse el todo por el todo con sus hijos, adolescentes y niños, para ver si logran llegar hasta el otro lado del Río Grande. Esto no puede, no debe seguir así.

Este diciembre que recién inicia, y que nos ha hecho cruzar la barrera de los tres meses para la próxima elección, se vuelve un momento propicio para reflexionar qué queremos para nuestros hijos; qué queremos para El Salvador, qué tipo de país deseamos legar a las futuras generaciones. El terruño que nos vio nacer se encuentra ahora en un momento complicado, difícil, pero es precisamente ante las dificultades cuando más se requiere fortalecer las convicciones, sobreponerse a la desesperanza que reflejan los estudios de opinión pública que existe, tener fe y en verdad creer que sí podemos llegar a estar mejor; sí podemos y debemos sacar adelante al país.

El Salvador nos lo demanda.

*Director Editorial de EL DIARIO DE HOY.