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A ejercer nuestro derecho

La democracia es un logro de la civilización. Se ha conseguido a través del tiempo y del esfuerzo de generaciones. No es un bien estático, es algo dinámico que requiere constante cuidado e impulso. Como toda elaboración humana es perfectible, y el deber de todo ciudadano es hacerla cada vez mejor. Cuando esto se logra los pueblos progresan.

Aunque democracia es más que votar, el sufragio es uno de los principales pilares en que se asienta. El derecho del pueblo de elegir a sus representantes es una de las formas tangibles de libertad.

El Sufragio Universal, que significa el derecho a votar sin distinción de raza, religión, sexo o posición social es algo que los salvadoreños damos por hecho, sin ser conscientes que hay una larga historia detrás del mismo. Pero ese acto que ahora vemos como simple ha sido el resultado del sacrificio de personas que lucharon tenazmente por conseguirlo. En el pasado solo unos pocos tenían el derecho a votar.

Países que ahora tomamos como ejemplos de democracia comenzaron teniendo una forma elitista de elegir a sus gobernantes. Había que tener tierras e influencia, ser blanco y ser hombre. El voto estaba vedado para la gente común, los negros y las mujeres, pues se consideraba que no eran capaces de tomar decisiones importantes. Hubo de transcurrir tiempo para que la mentalidad prevalente cambiara, se reconociera el error y todos fueran incluidos.

El derecho de la mujer al voto tiene una historia de coraje y perseverancia. Nueva Zelandia (1893), Australia (1902) y Finlandia (1906) fueron los primeros tres países en otorgarlo. En los Estados Unidos se consiguió con la Décimo Novena Enmienda en 1920, luego de décadas de lucha del movimiento de las "sufragistas" iniciado por Elizabeth Cady Stanton. En Latinoamérica el derecho se hizo realidad hasta después de la Segunda Guerra Mundial, y en algunos países hasta los Cincuenta y Sesenta. Y resulta sorprendente que ciertas naciones dieron el derecho al voto a la mujer hasta la actual década.

Con este derecho logrado paso a paso y con mucho sacrificio no puede menos de ser desalentador que muchas personas tengan una actitud apática y no hagan uso de él, que es también un deber.

Es triste ver al momento del conteo de los votos las papeletas que quedan sin usar. Papeletas que no fueron usadas por personas que prefirieron hacer otra cosa, que no se interesaron. Existe una serie de argumentos, algunos indican incredulidad, otros apatía y hasta claro rechazo. El no votar no hace sino reforzar las presuntas causas por la cuales no se vota. Pero de todo hay en la viña del Señor, desde los muy entusiastas que siguen paso a paso todo el proceso y que solo perder una pierna los haría desistir de ir a votar, hasta los que ni cuenta se dan que otros han decidido por ellos.

El voto nos hace a todos iguales, el de cada persona vale lo mismo. Sin embargo, mientras más personas votan el poder del voto de cada uno aumenta.

En estas elecciones ejerzamos nuestro derecho. Concurramos a las urnas y demos el ejemplo. Demostremos entusiasmo y contagiémoslo. Veamos la votación más que como un deber, como una oportunidad de hacer notar que nuestra opinión cuenta. Y a los que resulten electos mandemos el mensaje que tenemos poder.

*Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.