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El Efecto Francisco

No, nadie espera del Papa recomendaciones de política pública ni su rol divino en lo terrenal le concede la  potestad para prescribir soluciones económicas

Con un itinerario que habría dejado exhausto al más experimentado mochilero, el Papa Francisco pasó 10 días fuera de la Santa Sede visitando Cuba, y por primera vez en su vida, los Estados Unidos. Quienes pretendan estudiar sus palabras y visita a ambos países desde el punto de vista de su efecto político, se habrían desencantado desde las primeras de cambio: en Cuba no se reunió con disidentes – a estos la seguridad del Estado hizo imposible acercársele – y mantuvo un diplomático tacto de seda con el régimen. Sin embargo, no era ese su propósito. Su aporte a la causa de la libertad de Cuba empezó mucho antes de la visita, con su intercesión entre los diálogos diplomáticos entre la Isla y los Estados Unidos. Por eso, su reciente visita a La Habana era una más relacionada con admirar cosechas que con sembrar semillas.

En cuanto a la visita a los Estados Unidos, mal hacen quienes esperan efectos traducibles en materias de políticas públicas o legislación concreta. De hecho, poco debería influenciar en una democracia independiente y laica las palabras de la cabeza de una iglesia, con independencia de su peso histórico o del tamaño de su grey, y no era tampoco, su rol como jefe de Estado inmiscuirse en los asuntos domésticos de otra nación soberana. 

Sus palabras, sin embargo, dejarán importantísimas huellas (que muchos en las redes sociales calificaron del #FrancisEffect) en materia humanitaria—huellas que agregarán peso y legitimidad a la lucha de miles de activistas de derechos humanos: de aquellos que a diario hacen lobbying por los presos y condenados a la pena capital, de los que por años han condenado el negocio armamentista y el abuso de poder en la política exterior, y, el espaldarazo más importante: a la comunidad inmigrante.

Su regalo para los inmigrantes y refugiados (en Estados Unidos y en el mundo) fue con lo que abrió su primer discurso oficial en tierra estadounidense. Identificándose como hijo de familia inmigrante, le recordó a los Estados Unidos sus orígenes como tierra de familias inmigrantes. Este recordatorio cae en momentos sumamente oportunos: en que la politiquería electoral ha girado la narrativa nacional en Estados Unidos acerca de la migración lejos del ámbito de las políticas públicas, hundiéndolo en xenofobia y “otredad.” 

El Papa recalcó su mensaje de apertura varias veces durante su visita: de manera enternecedora permitiendo que el servicio secreto le acercara en brazos a Sophie Cruz, una niña estadounidense que podría perder a sus papás inmigrantes si el Congreso sigue entrampando una reforma migratoria, recibiendo de ella una carta y un regalo. Nuevamente ante el Congreso, recordando que la crisis de refugiados en Europa – que muchos han llamado “invasión islámica” –no es una crisis de números sino de personas, con vidas, historias y sufrimientos muy humanos. Y otra vez en su discurso, recordando que todo el mundo, fue extranjero alguna vez, y en algún lado. No, nadie espera del Papa recomendaciones de política pública ni su rol divino en lo terrenal le concede la  potestad para prescribir soluciones económicas: pero en materia de inmigración, aceptación, apertura, acogida y humanización de “los otros”, los extranjeros y los  que se ven “diferentes”, nadie puede negar que tiene la legitimidad para dar cátedra. 
 


*Lic. en Derecho de ESEN con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. Columnista de El Diario de Hoy.
@crislopezg