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La economía, el país y el fútbol

La opereta del fútbol es producto de la misma mentalidad que alimenta la idea que tenemos los salvadoreños del desarrollo económico: algo que es natural que suceda sin ningún esfuerzo especial, algo que no se logra sino que se merece.

El exentrenador de la Selecta (a la que antes se le decía con mayor precisión la Selección Nacional) Albert Roca señaló siete problemas fundamentales que enfrenta el futbol salvadoreño: malas canchas, bajo nivel de la Liga Mayor, deficiente formación de futbolistas, mucha atención al fútbol extranjero, la sombra de los amaños, impaciencia ante una selección joven, y la presión mediática que espera que todos estos problemas los resuelva una sola persona, el entrenador.
 
Roca señaló un solo problema con siete manifestaciones: la idea que los salvadoreños tenemos de que las cosas se logran sin trabajo, que se dan por milagro, y que con un futbol nacional malo vamos a llegar a las finales de los campeonatos mundiales sólo porque de alguna manera poco clara lo merecemos.  

Hay un punto muy importante que Roca no desarrolló suficientemente: la atención desmedida que se le da al futbol español en vez de concentrarse en lo que somos y cómo mejorarlo.  Esto es muy cierto.  Pero hay otro ángulo al mismo problema: que vemos al futbol extranjero sin ver o aprender nada, que no tratamos de entender por qué Messi es tan buen jugador (no nos interesa saber las miles de horas que dedica a entrenarse), ni vemos que detrás de la maravillosa coordinación de Holanda también hay estrictos repasos, que esos pases europeos de media cancha se han hecho miles de veces en entrenos por cada vez que se hacen en un partido, que detrás del gran futbol de Alemania y de Italia hay una planeación exigente que va desde los semilleros de niños hasta sus grandes ligas.  

Miramos el fútbol europeo y esperamos hacer un gran papel en los mundiales sin tener que hacer lo que los europeos (y varios latinoamericanos) hacen para tener ese fútbol. Y si de pronto tomamos interés nuevamente en el fútbol local, queremos que todos los problemas que tiene la Selección se resuelvan en un minuto.  Como por arte de magia, los jugadores locales tienen que conducirse en la cancha igual que se conducen los grandes del mundo sin haber tenido la trayectoria anterior de éstos.  Y año tras año, década tras década, ante los continuos fracasos, seguimos pensando que si el equipo pierde es por culpa del entrenador.

Detrás de todo esto puede verse una realidad innegable: aquí no sabemos nada de fútbol, ni nos importa.  Si fueran ciertas todas las cursilerías que se dicen cada vez que participamos en un partido internacional, si fuera cierto que en el fútbol se destila el zumo de la garra de nuestro patriotismo, si amáramos tanto a la azul y a la azulita, si supiéramos siquiera lo más elemental de fútbol, hace años que hubiéramos hecho algo para mejorar el fútbol nacional, como lo hizo Costa Rica para hacer en 2014 el primer papel realmente decoroso de Centro América en un mundial: trabajar con sentido de largo plazo para elevar el capital humano de su fútbol.  En vez de esto, hacemos solo los aspavientos y dejamos ventilar en los estadios y los bares emociones y frustraciones que no tienen nada qué ver con el fútbol.  Es como una opereta en la que todo el mundo finge que hay algo que le importa porque en la sociedad se considera bueno que a uno le importe, cuando en realidad no le importa a nadie.  Obras son amores y no buenas razones.  

La opereta del fútbol es producto de la misma mentalidad que alimenta la idea que tenemos los salvadoreños del desarrollo económico: algo que es natural que suceda sin ningún esfuerzo especial, algo que no se logra sino que se merece.  Y esta actitud totalmente irracional no cambia a pesar de que ha chocado infinitas veces contra la realidad.  Seguimos pretendiendo que con una población muy mal educada vamos a lograr los ingresos de poblaciones muy educadas, como si el desarrollo, como los campeonatos mundiales de fútbol, cayeran de los árboles sin tener que hacer ningún esfuerzo.  Hablamos y hablamos del fútbol y del desarrollo, y en la realidad son dos cosas que no nos importan lo suficiente como para hacer algo por ellos.

*Máster en Economía,
Northwestern University.
Columnista de El Diario de Hoy.