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Durmiendo con el enemigo

Dicha partidocracia es la causante de que se devalúe tanto la democracia real (no solo la que permite elegir, sino la que hace de cada político un representante de los intereses de sus electores)

El término partidocracia se utiliza para denominar el sistema de gobierno en el que los principales y únicos agentes de la vida política, son los grandes partidos. Tiene dos variantes: una se da cuando un instituto político se instala definitivamente en el poder, sin dar oportunidad a ningún otro, y la segunda es cuando se tiene un sistema de alternancia, o “turnismo”, que hace que el gobierno se vaya pasando sucesivamente de uno a otro partido, siempre los mismos. Esto permite a los políticos de profesión acaparar los puestos públicos mientras que la gente común y corriente, los ciudadanos, se ven impedidos de expresar su voluntad real por medio de elecciones y votaciones.

Dicha partidocracia es la causante de que se devalúe tanto la democracia real (no solo la que permite elegir, sino la que hace de cada político un representante de los intereses de sus electores), que donde se instala se termina en una pantomima en la que unos hacen como si han sido elegidos, mientras los electores fingen que votan por ellos. 

Parte del truco que sostiene el sistema, es que los partidos convencen a la sociedad de que ellos son, por una parte, la única solución posible a los problemas del país; mientras que por otra, anatematizan al contrario pintando panoramas apocalípticos en cada período electoral, convenciendo a la gente de que si gana las elecciones el otro partido, el país queda irremediablemente expuesto a las mayores desgracias. 

Lo malo es que les hemos comprado el invento. Para beneficio de los partidos políticos, y desgracia nuestra, esas prácticas de propaganda del miedo, por una parte, y de presentarse como los salvadores de la patria, por otra, han logrado una polarización tal que nos ha hecho incapaces de ponernos de acuerdo entre nosotros mismos ante temas tan urgentes y delicados como la erradicación de la corrupción (venga de donde venga), la contribución personal a la seguridad ciudadana, o la discusión sensata en temas económicos. 

Para muestra un botón: el sábado pasado, las dos manifestaciones que salieron a la calle tenían un enemigo común: la corrupción. Sin embargo, al leer las pancartas y oír los megáfonos, quedaba claro que, para ambos, la corrupción no es un asunto condenable en sí mismo, sino que en la mayoría de los casos, depende de quiénes sean los corruptos… Una especie de “chucho no come chucho” político. 

Mientras no abramos los ojos, mientras les sigamos creyendo el cuento a los partidos, la democracia corre el riesgo de seguir siendo una comedia. Irrelevante. Pues, pase lo que pase, uno de los dos grandes partidos saldrá elegido y disfrutará de unos cuantos años más para velar por los intereses de sus patrocinadores económicos. La voluntad de la gente, el voto, sus intereses, no solo seguirán siendo insignificantes en algunos casos, sino también cínicamente utilizados.

Partidos convertidos en inmensas empresas ineficientes, gobernados por la lógica del escalafón, que premian la obediencia y castigan la disidencia, que impiden pensar a sus miembros y correligionarios, plagados de casos de corrupción, que mantienen una cerrada disciplina de voto entre sus diputados en la Asamblea Legislativa (paraíso de privilegios indecentes), que desprecian cínicamente la opinión de los ciudadanos porque los consideran tontos, que negocian con quien sea: empresas, pandillas, intereses foráneos, para obtener imagen y no resultados, apoyo y dinero, etc. 

Partidos así, jamás van a defender los intereses de la gente, nunca van a poder construir verdadera democracia. Y continuaremos dormidos por la propaganda, por la ideología, por el odio de clase, por las vivezas de ciertos políticos. Mientras el enemigo de la democracia, la partidocracia, medra a costa nuestra.

*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare