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El drama de los niños migrantes

La desgarradora historia humana de "Ana", adolescente hondureña ahora de 17 años, radicada en la Florida, fue presentada ayer en un reportaje que con reserva de su identidad transmitió la cadena CNN en español. Relató que en 2011 mataron a su hermano en su país, una víctima más de la incontrolable violencia que vivimos en el "Triángulo Norte", por lo que sus familiares decidieron que debía emigrar, aun con los riesgos que en manos de coyotes implica la travesía rumbo a los Estados Unidos.

"De mal en peor" dijo "Ana" que se volvió el trayecto para las aproximadamente 20 personas que salieron de Honduras, una vez pasaron la frontera Guatemala-México. Viajaban en autobús, a pie, en furgones, no les proveían alimentos… avanzado el camino y a pie por unos cerros se aparecieron entre seis a ocho hombres, la apartaron del grupo, le dijeron que la matarían y sus restos quedarían en ese remoto lugar si gritaba o hacía algo que llamara la atención y abusan sexualmente de ella, uno tras otro.

Tres oleadas migratorias hemos tenido en El Salvador hacia los Estados Unidos, la primera de ellas como producto de la Gran Depresión, que llevó a establecerse nuestros primeros núcleos poblacionales tanto en San Francisco como en Los Ángeles. La segunda fue por la guerra y formó comunidades nuestras en Washington D.C., Nueva York y Houston, entre otras. Y en una tercera e ininterrumpida oleada, fundamentalmente de personas de clase media, al venirse apretando más y más la situación económica.

Drama migratorio hay por todos lados ya que tal como se puede ver con regularidad en Europa, barcazas provenientes de África que naufragan al sobrepasar --con creces-- su capacidad por la cantidad de seres humanos que se apiñan en búsqueda de mejores condiciones de vida; balseros que desde Cuba desafían tiburones rumbo a la Florida, o centroamericanos que por ruta terrestre parten en búsqueda del "sueño americano"; por buenas historias que existan de quienes finalmente "la hacen", quedan en el camino cadáveres, profundas heridas emocionales, desintegración familiar y terribles secuelas.

La terrible espiral de violencia que padecemos en el "Triángulo Norte", que lejos de mermar continúa creciendo, está dando lugar a una nueva arista dentro del fenómeno de la emigración: padres que se deciden a sacar a sus hijos poniéndolos en manos de traficantes de seres humanos para ver si logran llegar a los Estados Unidos y permanecer allí. Ya no parece ser asunto de buscar mejores condiciones de vida, razón por la cual centenares de millones de personas han emigrado en sus vidas a través de la historia de la humanidad, sino asunto de supervivencia: padres que buscan resguardo para sus hijos.

Abundan las historias de los miles de niños en los centros de detención migratorios, pero me impactó ayer el de una madre que buscaba a sus dos hijos al haber sido notificada de su detención al ingresar a los Estados Unidos, el menor de ellos de siete años de edad. Y en este caso lograron llegar los niños a territorio estadounidense, sabrá Dios en qué condiciones. En lo que va del año fiscal estadounidense (octubre de 2013 a septiembre de 2014), 43.611 niños de Guatemala, Honduras y El Salvador han sido interceptados por las autoridades fronterizas estadounidenses.

Siendo Estados Unidos un país de leyes --donde han sido hechas para cumplirse--, los niños en estos centros de migración serán repatriados si tienen padres en nuestra región, para recibirlos. El vicepresidente estadounidense, Joe Biden, anunció a su vez ayer en Guatemala mayor cooperación para combatir las causas que provocan la emigración, terrible drama humano, producto del deterioro en que como región nos encontramos inmersos.

*Director Editorial de El Diario de Hoy.