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Dos tradiciones

Ciertamente, se debe apoyar cualquier proyecto sano y transparente, que civilizadamente traiga de nuevo estas dos tradiciones: la enseñanza básica en los talleres y la convivencia con la gente del lugar

En la “Nota del día” de EDH, del miércoles 2 de diciembre, se habló de los aprendices y, en el espacio “Observador político”, sobre la “convivencia social en los espacios públicos” de hace muchos años.

Sobre los dos temas me permito compartir mis vivencias. Me crié en un taller de mecánica, en San Vicente, y desde niño me acostumbré a los ruidos y al trajín del taller y muy pronto entendí, “que trabajar y ser trabajador es bueno ”, como aprendiz, al igual que otros muchachos entre los doce y quince años, que un buen día sus padres llevaron al taller con el ruego de aceptarlos como aprendices para que aprendieran el oficio, pasé también por todas las etapas del aprendizaje. Escuché una vez que una señora de Tepetitán le dijo a mi padre: ¡Mi hijo quiere ser mecánico, por favor acéptelo como aprendiz, aquí se lo dejo y si no se porta bien lo castiga!, mi padre nunca castigó a nadie y siempre se preocupó porque los muchachos aprendieran. Lo primero era ayudar a un obrero y fijarse bien en lo que hace.

Las lanzas de hierro de una pulgada forjados al rojo vivo por un mecánico que se llamaba Ernesto y le apodaban, “Chorizo”, primero golpeándolas verticalmente, luego recalentándolas y ya casi blancas en dos tiempos conseguía hábilmente formar la lanza; pues yo, con unos doce años, le di miles de vueltas a la manivela de la fragua para calentarlas y así aprendí a forjar, después de fijarme mucho, Ernesto puso una barra más delgada en el fogón y, cuando estaba al rojo vivo, me dio un martillo y me dijo, “esta hacela vos”, tome el martillo y siguiendo sus consejos la hice y me sentí muy feliz; y aún hoy, siempre que paso por la Iglesia del Pilar admiro las lanzas que hicimos con “Chorizo”.

Casi todos los mecánicos de obra de banco de San Vicente fueron aprendices en el taller de mi padre y los mecánicos automotrices en el taller de don Salvador Pacas, y así, había zapaterías, sastrerías, carpinterías, panaderías, orfebrerías donde muchos obreros aprendieron sus oficios.

Y sobre la convivencia social en los espacios públicos, es cierto, que en los años Cincuenta, Sesenta y siguientes —yo el 66 me fui becado a Alemania—, los vecinos salíamos sin miedo al Parque Cañas a pasear y a hablar con los amigos, la gente se alegraba de encontrarse, se saludaban y hablaban y los muchachos decían piropos a las muchachas. Había fresquerías, pupuserías, dos funciones de cine a las seis y a las ocho y el parque era el lugar de reunión, convivencia, habladurías y alegría.

Las dos tradiciones se perdieron y aunque seguramente un muchacho sale hoy mejor preparado de los institutos técnicos, en los talleres se aprendían los oficios y el que quería estudiar lo hacía en las escuelas nocturnas, vivíamos más tranquilos en convivencia sana y de ayuda mutua con la vecindad y no teníamos miedo de salir.

Pues sí, ciertamente, se debe apoyar cualquier proyecto sano y transparente, que civilizadamente traiga de nuevo estas dos tradiciones: la enseñanza básica en los talleres y la convivencia con la gente del lugar.

*Ingeniero. 
Columnista de El Diario de Hoy.
www.centrodecalidadyproductividad.com