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"¿Dónde está Wally?"

El ilustrador Martin Handford creó en los Ochenta "Where's Wally?", una serie de libros para niños (y no tan niños), que llegó a ser publicada alrededor del mundo, a veces bajo el nombre de "Where's Waldo?" Consistía en buscar a un simpático personaje vestido de rojo y blanco, escondido a lo largo de páginas cargadas de coloridas ilustraciones con minúsculos detalles.

En la política nacional también hay un personaje parecido a Waldo, que se esconde obstinadamente entre los ires y venires de la coyuntura nacional. Se dice, con toda razón, que uno de los mayores problemas es la falta de renovación de los liderazgos actuales, que ha convertido las posiciones de liderazgo político y las ideas que se debaten en verdaderas excavaciones arqueológicas. Se dice también, hasta el cansancio y más allá, de manera más gastada que un billete de dólar, que "los jóvenes son el futuro".

Pero ¿dónde está Waldo? Waldo, la generación de los jóvenes de la guerra. Esa generación, que cambió su vida social por toques de queda y que vivió el bachillerato con balaceras de fondo. Esos, los que se auto-exiliaron porque se sintieron en peligro y buscaron países donde no se mataban entre hermanos: Canadá, Australia o Estados Unidos.

O los que no tuvieron esa posibilidad y que tras secarse las lágrimas de la pérdida de padres, hermanos y amigos, en secuestros o asesinatos, comenzaron la amarga labor de intentar, sin rencores, sembrar sobre la tierra en la que enterraron a sus muertos.

Sin duda, han aportado grandemente al país: haciendo crecer empresas, formando familias, intentando olvidar y perdonar. Buscando alcanzar con su trabajo y esfuerzo la movilidad social, han contribuido en construir la clase media más grande que ha habido jamás en El Salvador y a sentar las bases para una república democrática.

Lo malo es que, quizás para olvidarse de los horrores de la guerra, abandonaron la cosa pública a sus mayores, a los que en sus mentes todavía siguen peleando y a los de su generación que entraron en política por su falta de talento para hacer bien todo lo demás. Unos pocos y contados idealistas talentosos, fueron los valientes de su generación que los representaron, y por ser minoría, salieron asqueados y deprimidos de lo que vieron adentro.

Y ahora, mientras terminan de pagar los préstamos de su casa y en el tiempo libre que les queda entre las vueltas de ir a dejar y buscar niños a la salida del colegio, mientras pasan las horribles horas de tráfico a bordo de buses que se caen a pedazos, se quejan del manejo de esa frágil democracia y de esas instituciones cuya construcción delegaron a alguien más.

Y piden a gritos el relevo generacional: "¡que se metan esos jóvenes bochincheros de una vez por todas!" a pesar de que ellos, nunca se metieron. Las razones para construir una vida alejada del zoológico político eran válidas antes: la prioridad era construirse la vida que les robaron doce años de guerra. Ya no son ahora, cuando ese zoológico puede botarles todo lo que construyeron.

Ojalá en 2015 encontremos a Waldo en la Asamblea o demostrando honestidad y exigiendo transparencia desde adentro de la administración que se inaugure en 2014. Una línea de defensa de ciudadanos de mentalidad post-guerra y con independencia intelectual, que construya esa férrea barrera que proteja nuestros ideales del "choque de ruin deslealtad", que amenaza con llegar desde cualquier rincón del espectro político. Ojalá sea pronto, o antes de que sea demasiado tarde, hasta para los jóvenes bochincheros.

*Lic. en Derecho. Columnista de El Diario de Hoy. Twitter: @crislopezg