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Donald Trump vs. Atticus Finch

El magnate del entretenimiento y los bienes raíces Donald Trump, ha perdido ya más de 50 millones de dólares en el último mes: todo por la sarta de ridiculeces que salen de su boca y que han ocasionado el boicot de muchas de las marcas con las que su nombre está asociado. ¿La base de su argumento?  Que a Estados Unidos le falta construir una pared para impedir la entrada de los “ilegales”, a quienes acusó de ser violadores y narcotraficantes. 

Independientemente de que las contribuciones de los inmigrantes sean cuantificablemente millonarias cuando de economía se trata, o de que a estas alturas la población estadounidense se esté diversificando tanto que ya sean más los lugares donde no hay ciudadanos que no compartan algún grado de conexión con algún inmigrante, sea esta romántica, filial, laboral o social. 

Irónicamente, y en una señal que haría al más optimista perder la fe en la racionalidad de un sector del electorado estadounidense, la retahíla de argumentos anti-inmigrantes de Trump le ha dado también un enorme empujón en las encuestas y se encuentra--quizás de manera temporal y superficial-- liderando el pelotón de republicanos que ambicionan la nominación presidencial de su partido. Lo que significa que, a pesar del rechazo mediático, aunque sea para un grupo de personas, los argumentos de Trump tienen algo de validez. 

El mayor problema de las declaraciones de Trump no es el enorme agujero que deja su la falacia argumental (que por cierto, va algo así: a. Los inmigrantes no me gustan. B. Los violadores y narcotraficantes no me gustan. Entonces, los inmigrantes son violadores y narcotraficantes). El problema real --y por eso asusta que entre las condenas aún existan vítores para las declaraciones del magnate-- es el racismo. 

Ese, que supuestamente iba a terminar con el triunfo de los derechos civiles en los sesenta y setenta, y que dicen, es generacional, todavía asoma la cabeza en las declaraciones de políticos, comentaristas televisivos y ciudadanos comunes. El mismo desprecio por lo diferente y lo otro, el mismo deseo de homologar el todo, pluralizar y generalizar, en base a conductas singulares, aisladas e individuales. 

La mejor crítica a lo anterior la dio de manera magistral, a través de la voz de su personaje Atticus Finch la laureada autora Harper Lee, en la novela (hasta hace una semana, la única que había publicado) que le dio la fama “Matar a un ruiseñor”. En el monólogo final, el abogado Atticus Finch intenta convencer a un jurado entero de la inocencia de Tim Robinson (un afro-americano acusado injustamente de intentar abusar de una mujer blanca) señalando este mismo absurdo: “ese asumir perverso: que todos los negros mienten, que todos los negros son inmorales, que ningún negro es de confiar cerca de las mujeres (…) y la verdad es que, algunos negros mienten, algunos negros son inmorales y a algunos negros no son de confiar cerca de las mujeres (…), pero es una verdad que aplica a toda la raza humana y a ninguna raza en particular”. 

Es por esta simple verdad que no es desproporcionada la reacción de varias marcas y millones de consumidores de boicotear a Trump. Y es en estas ocasiones cuando el libre mercado, con la libertad de asociación que lleva implícita, mejor demuestra su valor: permitiendo a los individuos condenar aquello que no comparten, con la esperanza de que en el futuro, quienes aún buscan cosechar fama con comentarios racistas y prejuiciados, aprendan una lección.


*Lic. en Derecho de ESEN con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. Columnista de El Diario de Hoy.
@crislopezg