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Domingo de elecciones

Se llegó el día que tomó meses preparar. Los ciudadanos, emocionados, se levantan sin que suene la alarma. Algunos, usarán ropa e insignias de los colores de los partidos de sus candidatos. Otros, vestirán de blanco, menos entusiasmados pero igual comprometidos con emitir el voto.

No hay riesgo de trifulcas partidistas ni violencia electoral: ¡qué va! Como país pacífico y con democracia ejemplar de las de libro de texto, la verdadera y única pelea se dará en las urnas.

Los compatriotas que se fueron lejos, también votarán desde el exterior porque no era difícil empadronarse para ejercer el sufragio, se sabía que la distancia no rompe la ciudadanía, por lo que no tienen por qué la burocracia y las complicaciones de trámites romper los derechos políticos.

La conciencia de participación ciudadana supera el fanatismo partidista y por eso, los ciudadanos estuvieron pendientes de los debates. Plural, porque por supuesto que hubo más de uno.

En los debates los candidatos tuvieron la oportunidad, no sólo de contestar preguntas al moderador, sino de repreguntarse entre ellos, realmente argumentando en un ir y venir que podría considerarse una celebración a la libertad de expresión y a la diversidad de ideas.

No todas las ideas fueron ejemplares: asomaba por ratos la fea cara del populismo cortoplacista, pero oportunamente y de manera sensata, más de alguien (por lo menos en la opinión pública) ponía el freno de mano del temible déficit fiscal, permitiendo aterrizar las discusiones de regreso al ámbito de lo posible.

Se sabe desde mucho antes de llegar a las urnas la postura oficial de cada uno de los candidatos, sin rodeos ni maquillajes, frente a políticas públicas específicas y determinadas: si están a favor o en contra de la legalización de ciertas drogas, si harían o no una reforma tributaria, qué piensan, claramente y sin ambages sobre cosas más complejas como la fertilización in vitro o las sociedades de convivencia. Todo se sabe porque se les ha preguntado y se ha debatido.

Han expuesto sus razones y argumentado los motivos por los que sustentan sus posturas. Esto le deja la tranquilidad al afortunado elector de que el producto que escogerá, no traerá sorpresas y si las trae, sería a costa de contradecir la palabra dada, otorgándole al ciudadano la posibilidad de reclamar consistencia con lo expresado y pedir cuentas.

Y aunque el triunfo de uno u otro candidato implicaría un plan de políticas públicas diferente, el esquema democrático y pacífico en el que estas se implementarían no cambiaría. La corrupción sería condenada enérgicamente viniera del partido que viniera, sin justificaciones o medias tintas.

Con la misma tranquilidad irían los ciudadanos en las próximas elecciones a votar por un nuevo candidato, sin cruzárseles por la mente la posibilidad de que el presidente que eligen ahora quiera quedarse más tiempo.

Todo lo anterior, aunque lo pareciera, no es un sarcasmo o triste ironía de la situación que vive hoy El Salvador. Es una realidad y se vive hoy, el día de las elecciones en Costa Rica, apenas a poco más de seiscientos kilómetros de distancia. Si ellos pudieron construir esta democracia ejemplar, ¿por qué nosotros no?

*Lic. en Derecho.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg