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El domingo es el día de fiesta y día del Señor

Desde el tiempo de los apóstoles hasta el día de hoy, los cristianos han dedicado el día "domingo" a dar culto a Dios. La eucaristía, supremo acto de culto, ha ocupado siempre el puesto central en las celebraciones. La asistencia a "misa" el día domingo no es un capricho de la iglesia, es sobre todo, una necesidad espiritual que hace crecer la vivencia de la fe, la eucaristía es el centro y la raíz de la vida cristiana.

El "domingo" favorece un verdadero servicio para el bienestar de todos, pues evita que el hombre sea acaparado por el mundo del trabajo, con el peligro de olvidarse de la familia, del justo descanso y de sus deberes para con Dios. Es un saludable respiro para descanso del cuerpo y fortalecimiento del espíritu.

La asistencia a la misa dominical ha perdido fuerza en muchos cristianos a causa de las numerosas dificultades que se encuentran en la vida diaria: Responsabilidades en el hogar, trabajo en días festivos, ignorancia religiosa, frialdad espiritual, pluralidad de diversiones, visita de amigos o familiares, indiferencia religiosa o, simplemente, pereza para dedicar una hora a Dios. Un obispo español dice que "cuando el domingo pierde su significado originario y se reduce a un "puro fin de semana", sucede que el hombre queda "encerrado" en un horizonte "tan estrecho" que no le permite ya ver el "cielo". Entonces, "aunque vestido de fiesta, interiormente es incapaz de "hacer fiesta".

Muchas personas no han tomado conciencia de sus obligaciones religiosas. El precepto de dar "culto a Dios" está explícitamente señalado en el tercer mandamiento del Decálogo: "Santificarás las fiestas" (Dt 5,12). Dios al crear el mundo descansó al séptimo día y lo santificó (Gen2, 2-3), no es por lo tanto la iglesia la que ha impuesto la obligación de dar culto a Dios, lo que sí ha hecho es indicar la forma de cumplir con ese mandato de Dios. Quedarse solo con el descanso bíblico sin tener en cuenta el culto a Dios, es quitar algo que el mismo Dios ha puesto en la vida de los hombres desde la Creación.

Frente a la obligación de "asistir a misa" cada domingo quisiéramos sentirnos libres, sin presiones pero no nos damos cuenta que como seres humanos nos acostumbramos fácilmente a las cosas buenas y placenteras y hasta caemos en la rutina, la pereza y el olvido. En esta misma línea nos dice San Juan Pablo II: "La Iglesia no ha cesado de afirmar esta obligación de conciencia, basada en una exigencia interior que los cristianos de los primeros siglos sentían con tanta fuerza, aunque al principio no se consideró necesario prescribirla. Solo más tarde, ante la tibieza o negligencia de algunos ha debido explicitar el deber de participar en la misa dominical" (Dies Domini, 47). Por eso la Iglesia, para ayudarnos a superar esas naturales inclinaciones nos puso este mandamiento.

Las familias, los grupos y comunidades cristianas deben trabajar con entusiasmo para descubrir lo que significa el "día del Señor". Y como dice Juan Pablo II, ¡No tengáis miedo de dar vuestro tiempo a Cristo! Sí, abramos nuestro tiempo a Cristo para que él lo pueda iluminar y dirigir. El tiempo ofrecido a Cristo nunca es un tiempo perdido, sino más bien ganado para la humanización profunda de nuestras relaciones y de nuestra vida.

*Sacerdote salesiano.