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La divinización de la democracia y de la libertad

En un mundo predominantemente ateo o agnóstico, a falta de Dios, aparecen los ídolos. Uno de ellos es la democracia. Declararse no devoto de esta laica divinidad está muy mal visto hoy; peor si alguien se declara enemigo de ella. A estos herejes no se les quema con fuego real, como en el Renacimiento, sino con la masacre de los Medios Desinformativos.

Bueno pues yo ni soy enemigo ni adorador de la democracia. Mis intereses van por la práctica y la defensa de valores más profundos: la verdad, la justicia, la moral y las libertades responsables y respetuosas con las personas. Por eso las democracias actuales de la Bachelet en Chile, el PP en España y la democracia manipulada de nuestro gobierno actual me parecen lamentables. Todas ellas tienen muy graves carencias de verdad, de justicia y de moralidad pública, basados en un concepto y defensa de una libertad falsa y destructiva.

Por eso hay gente que se escandaliza si defiendo, hasta cierto punto, la dictadura del general Franco en España y la mil veces insultada y calumniada dictadura del general Pinochet en Chile. Me importan poco esos escándalos farisaicos e incluso me divierten.

La democracia me parece la forma más acertada de gobierno pero es un bien de lujo que exige un pueblo también de lujo. Exige un pueblo que ama y practica el respeto al prójimo, a la justicia y la solidaridad social, la honestidad y la honradez. Un pueblo que se esfuerza por el engrandecimiento cultural y moral de su país y donde cuenta, entre otras cosas, el respeto a las leyes de tránsito, urbano y rural, y el cuidado de la limpieza de ciudades, calles y establecimientos públicos. En fin: un pueblo culto y civilizado.

La Guerra Civil española fue, por parte del comunismo una guerra antirreligiosa que quemó todas las iglesias que pudo y que asesinó a todo sacerdote, fraile, monja y civiles católicos, por el simple hecho de serlo. Los medios desinformativos presentaron esa guerra al resto del mundo como una democracia progresista aplastada por una odiosa dictadura. España quedó en la ruina económica y moral, donde casi todas las familias tenían algunos de sus miembros muertos en la contienda. La dictadura de Franco tuvo defectos serios sobre la libertad de prensa, radio, televisión y espectáculos públicos, aunque mucho menores que durante el gobierno comunista donde te podían fusilar por decir "adiós" en vez de "salud" levantando cerrado el puño izquierdo. Los chilenos en la mitad del siglo veinte tenían una democracia espléndida y si viajaban a España, iban muy preocupados de ir a vivir en una dictadura, pero volvían haciendo elogios, no del gobierno, pero sí de la vitalidad y alegría de la vida durante el franquismo. Muchos años después, Francisco Rabal, que había sido el actor de cine más importante durante el franquismo y que todo el mundo sabía que era comunista, ya en plena democracia, dijo con gracia: "contra Franco vivíamos mejor".

Sí, el franquismo tuvo serios defectos contra ciertas libertades culturales superiores, pero no contra las libertades que más quiere la mayoría de la gente. Franco sacó a España de la pobreza, dignificó la vida y el trabajo de los obreros, mantuvo la libertad y paz sociales y una seguridad pública admirables. Por eso, cuando Franco murió, por la televisión pudieron verse las largas colas de personas, esperando más de siete horas para pasar a despedirse, solo breves segundos, ante el cadáver de Franco expuesto al público.

Sí, una buena democracia es mejor que una buena dictadura. Pero cuando en un país la mayoría es pobre e ignorante, y el poder se decide por mayorías numéricas, las estructuras democráticas se transforman fácilmente en un modo para que triunfe la demagogia, la corrupción, la delincuencia y la disimulada esclavitud a la cultura de la muerte o a las directrices del chavismo venezolano y el fidelismo cubano.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com