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Dios te salve, Patria sagrada

Cada quién llena el espacio en blanco de qué es lo que les inspira el fervor cívico con ideas y conceptos muy diferentes

Cada año, la independencia patria llena las redes sociales y los medios de comunicación con mensajes que hacen vibrar las fibras del corazón, apelando a la nostalgia y al amor al terruño, robándonos lágrimas a los más sensibles. Alusiones a las pupusas domingueras, a las entrañables --aunque pocas - celebraciones de victoria en las gradas del estadio Cuscatlán, a los celajes durante el atardecer, a las playas y a los volcanes. 

Cada quién llena el espacio en blanco de qué es lo que les inspira el fervor cívico con ideas y conceptos muy diferentes. Algunos glamourizando el tesón -- o imbatible instinto de superviven-   cia-- de nuestra población “echadora de riata” y la obstinada vena de superación del hermano lejano. Otros con los campos de doradas espigas, los cielos de púrpura y oro o con la sonrisa de las señoras de los mercados. Algunas personas, romantizando la paz firmada en los acuerdos o las coloridas figuras de las obras de Fernando Llort. A algunos más, son los poemas de Alfredo Espino o los cuentos de Salarrué lo que nos hace llorar. A otros, podrían ser las payasadas de la Tenchis y el disfrute de cotidianeidades como el café de olla, las bebidas carbonatadas en bolsa con nudo de pajilla, las charamuscas y los chistes Chiclín lo que les hincha el pecho, y a algunos más, quizás sea el orgullo de compartir nacionalidad con personalidades como la rosa de El Principito, Claudia Lars, Prudencia Ayala o el Mágico González.

No faltarían menciones a la cemita y a las cocadas,  a la Manyula --que en paz descanse-- y a las caricaturas de Ruz. A los cocteles de conchas y a los gritos callejeros de “papeeeel,  botellaaaas”. A las fiestas patronales de Antiguo y a los buses pintados de piropos. Y así, a una interminable lista de pequeños y grandes elementos, muchos de ellos romanticismos idealistas de cosas ordinarias que vistas con realismo fatalista, serían vergonzosas e indicativas de oportunidades para mejorar, pero que el prisma de “lo propio” maquilla de encantadoras.

Cada 15 de septiembre --y más si se le agrega la nostalgia de estar lejos-- resulta tentador usar la pluma para exaltar a la patria de maneras que parecerían plagio de un anuncio televisivo del Banco Agrícola. Sin embargo, más ganaría la patria si convirtiéramos nuestra nostalgia y fervor cívico en acciones. Y se puede empezar contestando un par de preguntas: ¿respetamos el Estado de Derecho hasta en los detalles mínimos de la misma manera que exigimos su respeto? ¿Estamos conscientes de las realidades socioeconómicas que marcan tantas diferencias en el país y de lo mucho que hace falta por mejorar? Y lo más importante, en la cara de la corrupción y el conformismo que amenaza con estancar al país y arrebatarle el progreso al que aspiramos, ¿demostraremos el mismo idealismo optimista que nuestros próceres, basado en la unión más que en las diferencias? Si las respuestas a estas preguntas son “no”, ese fervor patrio que demostramos con tanta efusividad, no es más que incoherencia. Sí, que Dios te salve, patria sagrada. Pero que también ojalá estemos haciendo suficiente por salvarte nosotros.
 

*Lic. en Derecho de ESEN con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. Columnista de El Diario de Hoy.
@crislopezg