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Dios es un jardinero

En la víspera de la fiesta de la Resurrección del Señor, Cristina Román de Hirst, dio su último salto. Uno más, de los muchos que con seguridad y elegancia, había dado durante su exitosa carrera como amazona. Pero este fue su salto perfecto, el que la condujo desde el dolor y el sufrimiento, hasta el Paraíso, a gozar eternamente de la presencia de Dios, Quien la recibiría con la mejor medalla: la que se había ganado a pulso tras su lucha final.

Cristina fue siempre una pequeña guerrera, a pesar de su delicada figura, y la dulzura de su carácter. Todo el tiempo se impuso siempre metas altas, que cumplió con tesón y perseverancia, tanto en el deporte, como en su ejercicio profesional, educando niños. Y precisamente, esa fortaleza que siempre la había acompañado, es la que le permitió hacer frente a la enfermedad, el más difícil de sus retos.

No se dejó abatir, luchó siempre por obtener la salud, pero consciente de que lo más importante era abandonarse en las manos de Dios, aceptando rendidamente Su voluntad, tan difícil de entender para los criterios humanos.

Porque surge siempre la pregunta: ¿Por qué, una mujer en lo mejor de su vida? Y la única explicación sólo viene a través de la fe. Los planes de Dios tienen sentido de eternidad, imposibles de comprender para los seres humanos, que dependemos de la limitación del tiempo. Sólo Él conoce el mejor momento, como enseñaba San Josemaría Escrivá de Balaguer: "Dios no actúa como un cazador que espera el menor descuido de la pieza para asestarle un tiro. Dios es como un jardinero, que cuida las flores, las riega, las protege; y sólo las corta cuando están más bellas, llenas de lozanía. Dios se lleva a las almas cuando están maduras". Y Cristina estaba ya lista para el cielo.

Es por eso, que siguiendo los consejos del Beato Juan Pablo II, no debemos preguntar a Dios ¿Por qué?, sino ¿Para qué? Porque la partida de Cristina en este momento, tiene una explicación muy clara. Su enfermedad fue para ella un proceso de purificación personal, por el que de la mano de Dios y de su Santa Madre, se fue abriendo su mente a la única razón por la que estamos en este mundo: para irnos al cielo, al que se llega por el camino de la Cruz, junto a Cristo, libres y desasidos de todas las cosas de la tierra. Pero Cristina no recorrió sola este camino, porque dejó una huella maravillosa en todos los que tuvieron el privilegio de estar con ella en sus últimos meses. Un ejemplo de conformidad, de inquebrantable fe, de aceptación de la voluntad divina, adornada siempre con su eterna sonrisa. Su lucha, titánica trascendió los límites de su entorno familiar, y se hizo eco en miles de personas que sin haberla conocido nunca, se unieron en una enorme cruzada de oración, pidiendo por ella y acompañándola. La llegada de Cristina al Cielo en el día glorioso de la Resurrección de Cristo, debe haber sido triunfante, porque llevaba consigo, además el tesoro de sus propios méritos, unidos a los sufrimientos de la Pasión del Señor que había compartido, la plegaria fervorosa de muchos corazones.

Que esta pequeña semblanza de un alma verdaderamente grande, sea para Albino, Maricela, Albino José, André, Elena, Lilian y Doña Lilian, la certeza consoladora de que hoy tienen una poderosa intercesora que los bendice y los espera en el cielo, el lugar de la eterna bienaventuranza. ¡Descansa en paz, Cristy!

*Columnista de El Diario de Hoy.