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La difícil tarea de los electores: Diferenciar a los candidatos

La comunicación política es capaz de transformarlo todo. Aplicando creativas ideas y novedosos conceptos, este mecanismo refinado de trasmisión de mensajes puede presentar a los socialistas como liberales y a estos últimos como lo que en realidad no son. Pero no todo depende de las técnicas discursivas o de los anuncios publicitarios. Las estrategias electorales también necesitan de la complicidad de los candidatos para montar las escenas y estructurar los guiones. Sin su consentimiento difícilmente los consultores construirían las historias que consumen los electores y en las que se presenta una imagen muy diferente de los aspirantes presidenciales ocultando lo que en realidad piensan, creen y sienten.

De esta manera las modernas campañas electorales complacen al votante construyendo una figura del candidato al gusto del cliente. Los presentan como defensores del mercado sin importar que algunos tengan predilección por una mayor intervención del Estado en la economía; como promotores de la libertad, no obstante la molestia que han expresado por la crítica periodística, o como hombres de fe, sin tomar en cuenta su apoyo público a la desnaturalización y degradación de la familia, y si antes reprochaban la actuación independiente de las instituciones, ahora la protegen a capa y espada y denuncian a sus detractores.

Desde mucho antes que la comunicación política sofisticara sus métodos, las campañas incluían testimonios simulados e inexactos en las partituras de los candidatos. La ventaja en la actualidad es la habilidad con la que la televisión y las redes sociales pueden transmitir a millones de ciudadanos esa efigie presidencial adulterada. De manera premeditada se genera un mensaje para cada segmento poblacional y se complementa con programas asistencialistas a través de los cuales se atienden las principales preocupaciones de los ciudadanos. Las entregas de camisetas y distintivos partidarios han sido sustituidas por entrega de becas, reconstrucción de escuelas, otorgamiento de créditos, etc.

En otras palabras, el populismo y el clientelismo político se están convirtiendo en la materia prima de los "spots publicitarios" de las empresas consultoras que asesoran a las campañas. Ya no hay límites para la imaginación de los creativos y cuando la institucionalidad que debe arbitrar la competencia electoral es deficiente o no cuenta con las atribuciones legales para evitar el engaño, los abusos pueden atropellar la voluntad ciudadana, confundirla y transformarla en cómplice de un acto que terminará perjudicando a la sociedad en general.

Esta realidad nos obliga a reflexionar si es este el motivo que nos ha llevado a presenciar con mayor frecuencia resultados muy cerrados en varias de las elecciones latinoamericanas. El día en que se celebran los comicios es probable que apenas un número muy reducido de electores no haya sido timado con los disfraces y máscaras que lucen los candidatos o con los espejismos que reflejan algunas de sus propuestas. Ese tipo de votante es uno informado, que ha escudriñado los planes de gobierno y leído entrelíneas las insinuaciones de los presidenciables intentando identificar la rendija por la que éstos se escabullen para explicar por qué hicieron lo que dijeron que no harían y dejaron de hacer lo que prometieron concretar durante su período de gobierno. Es un elector que exige debate, que reclama el incumplimiento de las promesas y que no cede ni un ápice en cuestiones de ética y probidad pública.

Ciertamente los seres humanos cambian y qué bien por aquellos que transforman su ambición enfermiza por una vocación orientada al logro del bien común. Sin embargo son los falsos profetas los que ocupan la mayoría de espacios en las papeletas de votación. Esto lo confirma el Latinobarómetro de 2013 al indicar que Centroamérica ha disminuido su apoyo a la democracia dando paso a formas autoritarias para ejercer el poder político. El desencanto de la población lo hemos visto reflejado en las masivas protestas de la clase media en diferentes países alrededor del mundo. Este segmento de la sociedad es al que la comunicación política no pudo convencer y el que ahora exige ser escuchado.

Efectivamente los candidatos no son lo mismo ni pretenden serlo. Pero con el propósito de ganar, guardan las banderas y llaman a votar por ellos a electores de cualquier color. El reto de los ciudadanos para distinguir quién miente y quién actúa con naturalidad es enorme. Los candidatos no respetan idearios partidarios, niegan haber dicho lo que dijeron y juran que han aprendido de sus errores. Simultáneamente, si cuentan con los recursos, dilapidan fortunas de dudosa reputación en proyectos asistencialistas que prometen convertir en programas sociales de resultar victoriosos en las elecciones. El secreto está en descubrir quién dice la verdad y quién estafa con tal de alcanzar el poder.

*Columnista de El Diario de Hoy.