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La diferencia entre hacer oposición y hacer berrinche

A escasos días de haber tomado lugar la juramentación, la Presidencia de la República y todo lo que viene con ella aún tienen olor a nuevo. No tienen olor a nuevo, porque han tenido años de práctica, los que confunden hacer oposición con hacer berrinche. En una democracia que funciona, el rol de la oposición, ya sea en forma de partido político organizado o simplemente de voces disidentes al discurso oficial, es importantísimo. Contribuye a equilibrar y limitar el poder y fortalece la institucionalidad metiendo en la agenda política, a través de la opinión pública, la incómoda espinita de la rendición de cuentas.

Tristemente hay quienes confunden este importante rol democrático de hacer oposición con simple y llanamente hacer berrinche. Ejemplo exquisito de esta confusión es el llanto en redes sociales (reportado en diferentes medios de comunicación) de muchas voces con posiciones de liderazgo político o en la sociedad civil, como reacción al logo del nuevo gobierno. Sí, berrinche, puesto que la reacción era frente a las cualidades estéticas del logo: que si el mapa no estaba bien dibujado, que si los colores no eran azul y blanco y por lo tanto el logo implica traición a la patria, que si "muy arcoíris" (el entrecomillado es propio- para expresar la confusión que me genera el uso como adjetivo calificativo de una palabra que no lo es y mi desconocimiento de las razones por las que debería tener connotación negativa).

No debe lo anterior ser confundido con la sátira o caricaturización de las acciones gubernamentales: esta es sana, mientras se haga con humor inteligente y cuando tiene como fin burlarse del poder, es en sí una manera histórica de limitarlo. Lo anterior ilustra simplemente, la falta de enfoque de quienes suponen estar haciendo oposición. Enfocarse en los méritos estéticos del logo gubernamental tiene varias debilidades, la primera y más obvia siendo que, ¿desde cuándo ha sido una fortaleza gubernamental producir obras artísticas? (Véase: Monumento a la Deforestación). Quien espere saciar con acciones de su gobierno su sublime sed estética, que se prepare también eternamente para la decepción.

La segunda, es la que convierte la postura en berrinche y no en oposición sería: la superficialidad de la crítica implica que si el logo o quienes lo encargaron y diseñaron fueran del agrado de los berrinchudos, habrían guardado silencio absoluto en una situación que amerita innumerables preguntas, si bien no son las que se escuchan con más volumen. Preguntas importantes, como por ejemplo, si un logo se usa para identificar una marca y una marca es un vehículo tradicionalmente usado para promover acciones o actividades de consumo, ¿qué es lo que vende un gobierno que tanto interés demuestra en, quinquenio tras quinquenio, promover su marca? ¿Cuánto se gasta desde el poder, con fondos del contribuyente, para promover al poder mismo? ¿Por qué se manipula la independencia mediática a través de la extorsión de la pauta publicitaria gubernamental?

Poco importa quién diseñó el logo: pensar que algo es mejor únicamente porque es local se llama xenofobia o menos elegantemente, ignorancia pueblerina, la pregunta es, ¿cuál fue el mecanismo para la licitación y contratación? ¿Hubo competencia justa, pública y equilibrada o se siguió la tradición de compadrazgo y nepotismo polistepequeño anterior? ¿Fue un servicio pagado o regalado? Y si fue regalo, ¿a cambio de qué?, pues esto es política y en ella hay tantos favores como unicornios en los establos.

Concentrarse en el berrinche superficial de que el logo es "muy arcoíris", ignorando los puntos importantes de oposición y defensa de la institucionalidad es el equivalente idiota a quejarse del sabor del caramelo en el que le están sirviendo el cianuro.

*Lic. en Derecho.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg