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Diálogo amplio, de real esperanza

Ante la campaña mediática que nos pretende vender esperanzas de apertura y diálogo, recién escribí en este mismo espacio que para lograr acuerdos de Nación necesitamos un proceso de genuina interacción mediante el cual las partes se escuchen unas a otras, con total atención y respeto, incorporando a la perspectiva propia las preocupaciones de los otros, aun cuando persistan justos desacuerdos. Ninguna parte debe renunciar a su identidad, pero cada una debe reconocer las reivindicaciones de los demás y en consecuencia actuar de forma diferente hacia los otros.

Pero en la realidad pura y dura, muchos de estos eventos de encuentros no han reunido las características mínimas para propiciar un diálogo genuino, desprestigiando este mecanismo de apertura, decepcionando a los diversos actores y cerrando espacios valiosos para lograr acuerdos. La credibilidad del diálogo propuesto por el gobierno se ha venido reduciendo en los 100 días.

Por un lado, dirigentes de gremiales, tanques de pensamiento y sociedad civil, expresan preocupación por ausencia de planes del Ejecutivo en áreas sensibles como seguridad y economía, por la falta de empleo y nuevos tributos, realidades reflejadas en una reciente encuesta con sólo el 40% de la población que aprueba lo realizado en los primeros 100 días. Por otro lado el Gobierno reacciona y responde que estos sectores en vez de ser pregoneros de la desesperanza deberían pregonar la esperanza.

La campaña "Unidos ganamos todos", debería realmente ponerse en práctica y crear las condiciones para que esa unidad nacional ocurra. No se puede ya seguir con esos diálogos de sordos y es lamentable que esta política del Gobierno no ha podido generar optimismo.

Cada iniciativa de diálogo tiene su propósito, el que se ajusta a cada situación, a cada problemática, para resolver una necesidad en particular. En ese sentido no es conveniente crear brechas crecientes en la eficacia de la gobernabilidad que debilitan la confianza pública y el apoyo a las instituciones democráticas, dado que muchos de los problemas más apremiantes siguen en gran medida sin tratarse.

Un ingrediente básico en una cultura democrática es poder tener la capacidad de resolver conflictos en forma pacífica, lo que requiere que las personas puedan dialogar entre sí acerca de los problemas que las dividen.

La capacidad de dialogar sólo será posible trascendiendo líneas políticas partidarias. La competencia entre partidos políticos debería ser un mecanismo de debate democrático sobre prioridades y asuntos nacionales, pero una vez finalizadas las elecciones, los políticos deberían encontrar una forma de cooperar y apoyar la gobernabilidad para el beneficio de todos, de lo contrario se producirá un colapso.

La capacidad de desarrollar una agenda incluyente para una acción conjunta más allá de simplemente aprender a entenderse, sobre todo en los partidos políticos y los funcionarios, debería tener la voluntad para desarrollar planes y programas que atiendan las necesidades de la sociedad en su conjunto. Cuando se hace bien, el desarrollo de dichos planes genera consensos en torno a las propuestas y permite una alineación que respalda las medidas sugeridas. Esto es esencial para garantizar el apoyo y la cooperación por parte de los actores nacionales claves, como las organizaciones empresariales y de trabajadores, los tanques de pensamiento y las organizaciones de la sociedad civil.

Además cuando la agenda tiene una visión positiva de hacia donde se guiara la nación, hay mayores posibilidades de que ésta pueda sostenerse a pesar de los cambios en liderazgos políticos. Los diálogos ocasionales que vemos en la actualidad han sido poco productivos, especialmente cuando las ideas se imponen sin la búsqueda de coincidencias.

Se requiere que la sociedad haga oír su voz en las decisiones que las afecta.

* Colaborador de El Diario de Hoy.

resmahan@hotmail.com