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El día de Malala

"Un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo. La educación es la única solución. La educación primero", fueron las últimas palabras del discurso que Malala Yousafsai pronunció el pasado 12 de julio en la Asamblea de las Naciones Unidas. Mil jóvenes líderes de cien países estaban presentes, quienes sin poder reprimir su emoción la ovacionaron varias veces de pie. El día coincidió con el décimo sexto cumpleaños de Malala y con su primera aparición pública después del atentado. De ahora en adelante el 12 de julio será "El día de Malala".

Hace algunos meses escribí un artículo sobre esta niña paquistaní al que llamé "Elevaré mi voz", haciendo alusión a una frase de ella en su lucha por el derecho de toda niña musulmana de asistir a la escuela y educarse. Ese derecho, que en casi todo el mundo se da por sobreentendido, no se tiene en la zona de Pakistán donde nació Malala. Los Talibanes, que dominan el territorio desde 2009, prohibieron a las niñas asistir a la escuela e incluso salir de sus casas. En sólo diez meses destruyeron 125 escuelas y amenazaron con la muerte a quienes no acataran la orden. Malala no sólo desafió la amenaza sino que creó un blog desde el cual elevó su voz. Decenas de miles la escucharon. Con una claridad y valentía sorprendentes para alguien de su edad, su voz también fue transmitida por varias cadenas internacionales.

El 9 de octubre de 2012 Malala regresaba de la escuela con algunos compañeros cuando el vehículo en el que se conducía fue detenido por un extremista talibán. Preguntó específicamente por ella y al identificarla le dio un tiro en la cabeza. Cuando escribí el artículo Malala se debatía entre la vida y la muerte. Fue llevada a un hospital en Londres y su pronóstico era reservado. El riesgo no sólo era que muriese sino que quedara con algún grave impedimento. Afortunadamente la niña evolucionó satisfactoriamente y recuperó todas sus capacidades, y también su férrea determinación de seguir. En su cara se observa algunas secuelas del trauma y del tratamiento, pero al escucharla es evidente que su espíritu no sufrió ningún rasguño. "Ellos pensaron que las balas nos iban a silenciar, pero se equivocaron…nada cambió en mi vida, excepto esto: la debilidad, el miedo y la desesperanza murieron, y la fuerza, el poder y el coraje nacieron", dijo en su discurso. Muy valientes y enternecedoras palabras, aunque yo creo que estas virtudes siempre existieron en ella, y no hicieron más que reafirmarse.

La historia de Malala, además de ser una lección de coraje, debe hacernos reflexionar sobre su primordial propósito y mensaje: La importancia de la educación. Un pueblo sumergido en la ignorancia siempre estará sujeto a ser víctima de embaucadores y oportunistas. La educación abre el espacio para el discernimiento y la libertad, y es la única forma del progreso individual y social. Especialmente importante, como lo señala Malala, es la educación de las niñas, pues al crecer llegarán a ser la base de la familia, las que trasmitirán a sus hijos los principales valores de la vida. ¿Qué puede enseñar a sus hijos una madre sin instrucción? ¿Qué valores puede transmitir? ¿Un ciego guiando a otro ciego? La raíz de muchos males sociales se encuentra en este punto. Malala, aún con su corta edad, lo ha logrado comprender. Su lucha vale la pena.

*Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.