Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

En el Día de la Lengua

Hispanista se le llama a la persona que profesa el estudio de la lengua, literatura o cultura hispánicas. Pero también lo es todo aquel que promueve la idea de mantener vivas las tradiciones españolas.

El escritor español, Ramiro de Maeztu, perteneciente a la generación literaria de 1898, propuso denominar al 12 de octubre «Día de la Hispanidad»: «Si el concepto de cristiandad --dice--, comprende y a la vez caracteriza a todos los pueblos cristianos, ¿por qué no ha de acuñarse otra palabra como esta de la Hispanidad, que comprenda también y caracterice a la totalidad de los pueblos de origen hispano?».

El término cobró carta de validez y fue adoptado por otro noventayochista, el filósofo y escritor español, don Miguel de Unamuno quien, con sus colegas generacionales vuelve sus ojos a todo lo que es español, pero en su caso, incluye con verdadera pasión de apostolado a Hispanoamérica, mientras trata de definir la esencia de la identidad hispánica, en crisis, después de la guerra que Estados Unidos le impuso a España el 98.

Para este pensador, «no es la raza» ---porque no la hay homogénea en América ni en España---, sino «la lengua, el denominador común de estos pueblos cuyas culturas expresan aquellas cualidades espirituales, fisonomía moral, mental, estética, religiosa de españoles e hispanoamericanos».

Con el fin de dar idea de la magnitud y poder aglutinante que posee este idioma Unamuno se refiere a él como «la lengua con la que millones de seres humanos discuten, rezan, piensan e imaginan».

Acerca de la celebración del Día de la Hispanidad, cada 12 de octubre, Unamuno dice: «Valiera más que en vez de Fiesta de la Raza se la llamase Fiesta de la Lengua». Su propósito al renombrar esta fiesta es dotarla, según dijo, de un significado no material-racista ni eclesiástico ni político ni mucho menos imperialista, sino del estrictamente espiritual, universal, que contiene el lenguaje español. «Lenguaje de blancos, de indios y de mestizos, y de negros y de mulatos; lenguaje de cristianos católicos y no católicos y de ateos; lenguaje de hombres que viven bajo los más diversos regímenes».

Ahora que nos encontramos en el Mes de la Hispanidad es propicio recordar a Unamuno, al español que tanto amó a la "Españamérica", al que descubrió el espíritu que unifica a españoles, argentinos, centroamericanos, peruanos y a todos los pueblos que tienen sus raíces culturales en España.

También es oportuno hacerlo cuando más arrecia en nuestra región la influencia de otras culturas, algo que no es necesariamente negativo, puesto que las nuevas corrientes vienen a enriquecer la propia. Resulta saludable sin embargo mantener a la vista un faro, en nuestro caso el espíritu hispánico, «el yo auténtico», el «yo» capaz de navegar por las muchas corrientes que aculturan, como las que traen consigo la tecnología, las nuevas relaciones internacionales, el comercio, las artes y, en general, la globalización.

El mejor ejemplo lo dan los europeos quienes, no por formar una estrecha integración de intereses multinacionales, en su Unión Europea, deben renunciar a sus propias identidades. Por el contrario, las refuerzan. A riesgo de que parezca una verdad de perogrullo: si bien los nacionales de Italia, Francia, Alemania, son europeos, son ante todo italianos, franceses y alemanes, cada uno con su historia y su bagaje cultural propios e irrenunciables. Igual nosotros: como miembros de la comunidad de pueblos que tienen al español como lengua y lo español como origen, no por ello dejamos de tener identidad salvadoreña o como diría Unamuno, nuestra «salvadoreñidad».

Hay que enseñar la verdad histórica a las nuevas generaciones de que nuestras raíces culturales no están, exclusivamente, en las tribus indígenas precolombinas, estas son solo una mínima parte, lo que en realidad dio vida a nuestras "ínclitas razas ubérrimas", como lo dijo Rubén Darío, fue la "sangre de Hispania fecunda".