Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Desplazando los mitos

n la antigüedad se pensaba que las personas epilépticas estaban poseídas por el demonio. Una conjetura comprensible ya que al ver sus ojos desorbitados, sus bocas echando espuma y sus cuerpos contorsionándose de forma descontrolada durante los episodios convulsivos la asociación era simple. Como su causa se suponía sobrenatural el tratamiento no era médico, pues la idea era expulsar los espíritus malignos del "poseso". Fue Hipócrates o mejor dicho los miembros de la Escuela Hipocrática (existe la teoría que Hipócrates no fue un solo hombre sino un grupo de médicos) quien, o quienes, indicaron que la epilepsia no tenía nada de sobrenatural, que era una enfermedad como muchas otras y que su causa era física. Por supuesto que pasaron siglos para que se conociera que estaba relacionada con alteraciones electroquímicas del cerebro y se contara con medicamentos eficaces; pero su contribución fue importante pues ayudó a debilitar el mito. Algo parecido pasó con los leprosos a quienes se consideraba impuros, eran segregados de la sociedad y fueron vistos como seres que estaban sufriendo un castigo por conductas impropias. Con el tiempo se descubriría que la lepra era una enfermedad infecciosa cuyo agente etiológico era una bacteria. Otro mito desactivado. Así ha sucedido con otras tantas enfermedades que por sus características peculiares han sido asociadas con factores de diversas categorías… hasta que se descubre sus causas.

Se podría pensar que hoy en día, con los avances científicos y tecnológicos, la era de las especulaciones es cosa del pasado. No es así. Aún hay enfermedades a las que se les atribuye causas que están más basadas en creencias y suposiciones que en datos científicos. Las enfermedades mentales pertenecen a este grupo, y en las ideas que se tiene de ellas abundan los mitos.

Los desórdenes afectivos como la depresión y los trastornos de ansiedad son todavía percibidos como problemas de actitud, como debilidades del carácter o como resultado de malas costumbres. Se les da connotaciones de tipo moral. Otro ejemplo son los trastornos del espectro autista, del que hablamos en un artículo anterior, que son equívocamente asociados a errores de los padres en el cuidado de los hijos.

Es cierto que muchas enfermedades están asociadas a los estilos de vida y por tanto a las decisiones que las personas toman. Está sobradamente comprobado, para citar un par de casos, que la vida sedentaria y la alimentación inadecuada producen daños cardíacos y metabólicos, que las enfermedades de transmisión sexual tienen mucho que ver con la educación que se recibe y las decisiones que se toman. Pero inferir que las enfermedades mentales son simplemente producto de actitudes negativas hacia la vida y malas decisiones es, además de un error, injusto.

Ahora se conoce que la mayoría de las enfermedades mentales son producidas por factores que escapan a la voluntad de las personas. Muchas tienen origen genético o son activadas por eventos vitales de los cuales los que las padecen no tienen control. Alteraciones bioquímicas o daños estructurales del cerebro, que pudieron originarse en la etapa embrionaria, se asocian con la esquizofrenia y con otras psicosis. Problemas en la neurotransmisión, causados por defectos hereditarios, se relacionan con varios tipos de depresión o trastornos de ansiedad. Y cada vez se descubren más asociaciones biológicas para una gran cantidad de alteraciones psíquicas. La ciencia va desplazando los mitos, que no hacen más que agregar peso a la ya pesada carga de vivir con una enfermedad mental.

* Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.E