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Desde una ventana, con un certero disparo

El empresario había pagado una enorme fortuna al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), por su liberación. Además del dinero contante y sonante la familia del secuestrado tenía que pagar la publicación de un comunicado del ERP en más de 400 influyentes periódicos de todo el mundo.

Cuando recobró su libertad, como suele ocurrir en un alto porcentaje de parejas que sufren el secuestro de uno de los cónyuges, se vino el divorcio. Algunos psicólogos me han dicho que la separación ocurre porque es tan grande el trauma de la pareja del secuestrado que prefiere separarse que volver a vivir el drama nuevamente. Es una especie de delirio de persecución difícil de curar.

El secuestro, no solo lo sufre el secuestrado sino la familia completa. La afectación es además de financiera, sobre todo psicológica. No hay nada más horrible que la incertidumbre en torno a un ser querido. Ese es el drama de las madres de Plaza de Mayo en Argentina o de las familias de empresarios, estudiantes, obreros, maestros y todo tipo de personas secuestradas en el país durante los años de la guerra.

El empresario de nuestra historia permaneció varios meses en una "cárcel del pueblo", en donde él mismo cuenta que no sufrió malos tratos físicos. Pero el solo hecho de pensar en que en cualquier momento lo ejecutarían, y que nunca más vería a su familia, era una cruel tortura para el alma. Luego de su liberación, el delirio de persecución no lo dejó en paz. Se despertaba a medianoche sudando tras horribles pesadillas. Cayó en las garras del alcohol y las drogas.

Logró tras una intensa batalla y largas terapias dejar las adicciones, pero la rabia contra quien ordenó su secuestro no se le quitaba con nada. Un día de mediados de los Ochenta alguien le habló de un sicario. Un hombre que mata a otros por encargo. Pactaron un encuentro en un elegante hotel de San Salvador. Era un tipo de mediana edad. Alto. Frío y de pocas palabras. "Su sola mirada helaba la sangre", me cuenta hoy el empresario.

Acordaron un precio. La mitad sería pagada de inmediato y la otra mitad cuando se hiciera "la vuelta". Pasó algún tiempo y el contratante no tenía noticias del sicario. Y es que Joaquín Villalobos estuvo dirigiendo la guerra desde su puesto de mando en Morazán desde 1981 hasta el inicio de las negociaciones de paz en 1989. En Morazán ni la legendaria Brigada Atlacatl había podido darle muerte. Estuvo cerca pero no.

Al menos en tres ocasiones claras, el Ejército tuvo a tiro no solo a Villalobos, sino también a todo el puesto de mando del ERP. Quizá la operación más peligrosa fue una infiltración de agentes de inteligencia hondureña hasta el propio puesto de mando. Su misión era matar a los comandantes y destruir Radio Venceremos y a las fuerzas especiales. Pero fueron descubiertos y "ajusticiados".

Por fin a finales de 1989, el sicario logró ubicar a Villalobos en la ciudad de México durante las negociaciones de paz con el gobierno. El asesino hizo un plan. Lo mataría desde una ventana de un apartamento en la colonia Hipódromo Condesa de la ciudad de México con un certero balazo en la cabeza, disparado con un rifle de alta precisión, como en las películas.

Antes de proceder el sicario llegó a San Salvador para pedirle al empresario la autorización final y un poco más dinero para cuestiones logísticas. En eso estaban cuando de pronto entró a la casa un gran amigo del contratante. Tras enterarse de lo que estaba pasando, convenció al empresario de que abandonara el proyecto. "Nunca tendrás paz en tu vida y este hombre te mantendrá extorsionado". Además se podrían romper las negociaciones de paz. Sería un escándalo mundial.

Jaime Hill Argüello, quien es el empresario de esta historia, abortó el proyecto. Y no solo eso, tras los acuerdos de paz, se reunió con Villalobos para perdonar el agravio y sacarse el odio para siempre del alma. Esta historia es parte del libro El oligarca rebelde (El hombre que aprendió a perdonar), que pronto saldrá a la luz.

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com