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Desde el principio

"De nada demasiado" decía una de las máximas del Oráculo de Delfos refiriéndose a los riesgos que implican los excesos. Las conductas, posturas y actitudes extremas terminan afectando a la persona o al grupo. Y esto es válido para todo, incluso para la educación de los hijos. La moderación, el punto medio, es lo que debe buscarse.

Erik Erikson, psicoanalista nacido en Alemania pero nacionalizado norteamericano, asumió esta máxima e introdujo su teoría de la personalidad basada en una serie de fases por los que la persona atraviesa y que deben ser superados para un óptimo desarrollo. A diferencia de Freud, Piaget y Mahler, que determinan los primeros años de vida como los más cruciales, las fases de desarrollo de Erikson abarcan toda la vida, asumiendo que la personalidad nunca está completamente definida, y que en todas las edades existen desafíos que deben superarse.

Según Erikson, en cada fase existen dos polos contrapuestos. Normalmente la persona experimenta estas dos realidades pero debe encontrar un balance que le permita una estabilidad psicológica. La forma cómo se supera cada etapa definirá en gran medida sus expectativas, su percepción del mundo y su conducta.

Aunque cada fase es importante y nos explica mucho de nuestra naturaleza, ni el espacio alcanza ni es el objetivo de este artículo. Nos concentraremos en la primera fase únicamente y veremos la importancia que tiene en el desarrollo de la personalidad y su impacto en la conducta.

La primera fase de este ciclo vital se llama "Confianza Básica versus Desconfianza", y ocurre en el primer año de vida. El niño transita entre sentimientos de confianza y desconfianza, aprende de los dos e idealmente acoge ambos en algún momento. La confianza básica se adquiere cuando el niño percibe que se le cuida y quiere. Los padres, al estar pendientes de sus necesidades, las satisfacen diligentemente. Con sus necesidades atendidas va adquiriendo "confianza", una sensación de que el mundo es un buen lugar y que la felicidad es accesible. Esto cimenta en el niño seguridad en sí mismo y una actitud de optimismo que durará toda la vida. Pero también el niño necesita cierta dosis de "desconfianza", algo que le haga darse cuenta que no todas sus necesidades serán satisfechas con la prontitud que quisiera, que debe aguardar, que algunas cosas no las tendrá y que debe aceptarlo. Los padres tienen cosas que hacer, también tienen sus necesidades y obligaciones aparte de cuidarlo. Esta dosis de desconfianza también es necesaria porque cimenta la capacidad de tolerar la frustración. Y ya que la vida está llena de frustraciones le enseñará a soportarlas y seguir adelante.

Entonces es necesario experimentar las dos, la confianza básica y cierta dosis de desconfianza. El asimilar ambas constituye el desafío de esta primera y crucial fase. Si un niño pasa por esta etapa con excesiva confianza básica creerá que es el centro del universo, el Rey Sol, y verá a los demás como servidores. No desarrollará empatía, la capacidad para comprender los sentimientos de los demás, y no tolerará la frustración. Si, por otro lado, la desconfianza es la que predomina, crecerá con la sensación de que el mundo es hostil y una actitud de resentimiento se impondrá.

La existencia de individuos egocéntricos o resentidos es un ejemplo de una falta de balance, y es interesante notar que muchas veces la conducta antisocial tiene su origen en cualquiera de los dos extremos.

*Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.