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Descanse en paz

¿Qué puedo escribir yo sobre Gabriel García Márquez? Lo que sé es que no puedo pasar inadvertida su muerte hace pocos días. Algo tengo que decir sobre este magistral escritor que dejó en mí una profunda huella, no como aprendiz de columnista --sería un atrevimiento-- sino como persona. Cien años de soledad está, como el Diccionario de la Real Academia Española, entre mis libros de referencia, al alcance de mi mano. Releo la novela cada cierto tiempo, se convirtió desde hace mucho en una costumbre.

Leí la obra por primera vez a los 15 o 16 años. La encontré por casualidad en la biblioteca de mi padre, en su segunda edición de Sudamericana. Y el mundo cambió…No se puede leer a García Márquez y seguir siendo el mismo. La forma de vernos como latinoamericanos se torna distinta, lo que es curioso porque lo que este autor nos dio fue una especie de espejo con el que nos vemos a nosotros mismos. En Macondo estuvimos todos, y los Aurelianos, los Arcadios, las Úrsulas, son nuestras abuelas, tíos, primos y hermanos.

Después vinieron El coronel no tiene quién le escriba, Crónica de una muerte anunciada, Del amor y otros demonios, El general en su laberinto, y otros. Todos con historias fascinantes y con una forma de contar las cosas que sorprende y estremece. Porque no es sólo lo que dice sino cómo lo dice: "El día en que lo iban a matar…", "Cuiden mucho a papá porque se va a morir", "El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos", "Vámonos que aquí no nos quiere nadie", "Es como si el mundo estuviera dando vueltas". Son frases permanentes, que provocan al mismo tiempo una sonrisa íntima y una inevitable reflexión.

Las cosas que se encuentran después de muchos años por donde más se las había buscado. La elefanta comiendo cantidades inverosímiles, pero tranquila y pausada, con método. Los asesinos de Santiago Nasar que terminaron matándolo precisamente porque no querían hacerlo. Historias mágicas, geniales.

Abundarán en estos días los análisis de la obra de Gabriel García Márquez, de su legado, de su estilo. Se hablará mucho de la trascendencia de su obra, y se repetirá copiosamente lo del Realismo Mágico. Yo no analizaré su obra, ni interpretaré el significado de Realismo Mágico. Tampoco le llamaré Gabo. Le agradezco infinitamente su obra, y eso es suficiente. Sólo diré que he leído y leo a Gabriel García Márquez, no por su riqueza literaria, sino por puro placer. Lo leo porque me trasporta a hechos y lugares que me gustan. Me intriga, me sorprende, me arranca risas; con eso me basta. Mi fin no es académico ni moral. No busco mejorar con él mi estilo (tratar de imitarlo es, además de ridículo, imposible) ni aprender. Si algo aprendí no fue intencional. Mi intención ha sido obtener un deleite primario, instintivo. Al fin y al cabo el placer es el objetivo esencial al consumir literatura. Y con García Márquez logro eso.

Gracias don Gabriel por lo que escribió. Que descanse en paz. Me ha hecho pasar muchas horas entretenido, me ha llevado a lugares interesantes, me ha presentado personas inolvidables. Creo que todos esos lugares y personas yo ya las conocía, ya estaban dentro de mí desde mi niñez y en la memoria ancestral, sólo que usted hizo que me diera cuenta.

*Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.