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Desarrollo o corrupción de la humanidad

Veo y leo todo el tiempo una gran preocupación por una futura buena marcha de la economía. Me parece muy bien. En líneas generales no es un misterio como impulsar un gran desarrollo económico. Pero como ya señalaron otros columnistas, no sirven buenas planes tratando de implantarlos sobre malas costumbres y poca y mala educación. Fuera de los males señalados, una y otra vez, sobre nuestro subdesarrollo económico, a mí me preocupa más lo que señala el Papa Francisco, que "la dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que deberían estructurar toda política económica, pero a veces parecen sólo apéndices agregados desde fuera para completar un discurso político sin perspectivas ni programas de verdadero desarrollo integral" (Evangelii Gaudium n° 203).

Como escribí en anterior columna, el desarrollo económico en algunos países trajo una fuerte corrupción en humanidad. Son países donde el espíritu maligno de la cultura de la muerte ha tenido un desarrollo más amplio y rápido que el económico. Se forma así un pensamiento "políticamente correcto" impositivo, con el que hay que estar de acuerdo aunque la realidad sea que ese pensamiento es moralmente nocivo y produce una sociedad corrupta y decadente.

"¡Cuántas palabras se han vuelto molestas para este sistema! --señala el Papa--. Molesta que se hable de ética, molesta que se hable de solidaridad mundial, molesta que se hable de distribución de los bienes, molesta que se hable de preservar las fuentes de trabajo, molesta que se hable de la dignidad de los débiles, molesta que se hable de un Dios que exige un compromiso por la justicia".

Por eso me permito afirmar sobre este asunto que aquí no podemos despreciar el sentido religioso de tanta gente, muy extendido entre los pobres, aunque carezca muchas veces de una adecuada formación doctrinal, porque conlleva un instinto y nociones sobre el sentido de lo verdadero y de lo falso, de lo bueno y de lo malo, según leyes universales inmersas en las conciencias de todos los hombres. Sobre esa base puede realizarse una amplia educación cívica y moral que potencie el desarrollo económico y facilite el despliegue de las potencialidades que todos encierran en su persona. Pero en ningún caso se debe aceptar, al mismo tiempo que las ayudas económicas y técnicas de otros países, su perversión de costumbres que tratan de imponer en todo el mundo. Van surgiendo países valientes que vencen a esas imposiciones corruptoras, así Hungría y Croacia implantando el matrimonio natural en sus Constituciones y varios países africanos negándose a admitir la homosexualidad como un derecho y una práctica normal de la sexualidad.

Hay que denunciar todos los errores de pensamiento y obras que insisten en imponerlos sin ningún derecho. Son destructores de cualquier civilización la frenada artificial de la natalidad; el aborto provocado, crimen horrendo y nunca un derecho. La homosexualidad no es algo natural, sino fruto de un mal desarrollo de la afectividad durante la adolescencia y por lo tanto no hay derecho a fomentarla como si fuera una virtud y un bien social. La convivencia estable de dos homosexuales nunca será un matrimonio ni deben gozar de los derechos y premios de los verdaderos y buenos matrimonios, porque éstos son la base necesaria para una sociedad civil en pacífico crecimiento. Todo niño huérfano, para su óptimo desarrollo humano, tiene derecho a tener un papá y una mamá, a ser adoptado por un matrimonio y no por un par de homosexuales que, como está demostrado, inciden negativamente en su salud psíquica y en el sentido que darán a su vida. El género sólo existe en la gramática. El género sexual es una mentira, un engaño porque no hay verdadero cambio de sexo; se sigue siendo lo que su ADN dice y si alguien quiere someterse a esa falsedad quirúrgica, a ese autoengaño, debe hacerlo a costa de su dinero, no del Estado.

El Salvador debe hacer su desarrollo social fomentando los valores morales, verdaderos y universales, surgidos y sustentados en el cristianismo.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com