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La democracia de Schrödinger

Al igual que el famoso experimento del físico Erwin Schrödinger, donde un gato imaginario podría estar vivo y muerto a la vez, nuestra democracia está respirando como nunca y durmiendo el eterno descanso. Tal paradoja es digna de un exhaustivo estudio.

La democracia salvadoreña (hablo del país, no del partido) está viva, coleando y saltando. Ha dado importantísimos pasos, como la ciudadanización de algunas reformas, la inclusión de temas como el acceso a la información pública en la agenda nacional y la ampliación de puentes de diálogo entre actores con diferentes formas de pensar. Es decir, somos un país con menos confrontación y más honestidad intelectual.

Amplío. Los últimos pasos que en materia política y electoral hemos dado surgieron a raíz de exigencias ciudadanas. Sin la constante vigilancia de la sociedad civil viviríamos un anacronismo democrático donde las instituciones que limitan al poder respondan sin vergüenza a intereses partidarios y donde cualquier avance se vea como una concesión de políticos y no como una conquista de diferentes organizaciones ciudadanas. Aunque la partidización continúa, esta tiende a la baja y es cada vez peor vista.

Además, cada vez más en el país es impensable la idea de gobernar sin dar acceso a la información pública. El ciudadano está crecientemente interesado en conocer cuánto se invierte por cada institución, los resultados que esta genera, quiénes son sus asesores (algo imposible de conocer en el pasado) y cuál es el plan de trabajo de cada dependencia del Estado. No puedo concebir un El Salvador donde el ciudadano vuelva a conformarse con que el funcionario ejecute su labor bajo secretismo y desinformación.

Finalmente, vivimos en una sociedad mucho más tolerante que en las últimas décadas. Si bien existen pintorescos personajes interesados en atacar al mensajero ignorando el mensaje, es más común ver mesas de discusión y diálogo entre actores con pocas o acaso ninguna coincidencia en sus formas de ver la economía, la política o la sociedad.

La intolerancia y la violencia política se están volviendo recursos de los más radicales quienes se están aislando en una marginal esquina de nuestro país donde se les deja de tomar en serio. El resto de la sociedad está interesado en tender puentes de entendimiento y eso indudablemente fortalece nuestra democracia. Sin embargo, esta no está del todo viva…

Desde hace algunos años, los salvadoreños hemos sido testigos de sofisticados ataques a la institucionalidad, escudándose en análisis excesivamente literales de la Constitución, atacando sistemáticamente no solo el trabajo sino la dignidad de magistrados independientes y pretendiendo disfrazar de interpretaciones jurídicas o políticas a lo que simple y llanamente es desobediencia a la ley máxima de nuestro país.

Además, las calumnias y difamaciones se están convirtiendo en el alimento diario de nuestras discusiones políticas. Quien opta por involucrarse sabe que sacrifica su privacidad y la de sus familiares y amigos cercanos, pues la grotesca y vergonzante práctica de difundir mentiras está siendo ampliamente practicada por personajes que se escudan en el anonimato e incluso por funcionarios actuales y presentes.

Como verán, nuestra democracia se debate en la dualidad presente también en el periodo electoral, entre el civismo de unos que cuidaban los votos de su partido y se desvelaban por cuidar la integridad de un proceso, y quienes mezquinamente buscan manchar de política la voluntad ciudadana, llegando incluso a "negociar" a quién le corresponden los votos que siguen inciertos. ¿Viva o muerta la democracia? Aún no lo sabemos.

Y el Tribunal Supremo Electoral, ¿está vivo o muerto? Ahí si no hay duda, su estructura y su capacidad ya descansan en paz…

*Colaborador de El Diario de Hoy.