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En democracia, como el cangrejo

Un día de estos circulaba por las calles de San Salvador cuando de pronto, en un cruce de calles, se apostaron frente a mí un par de policías motorizados elegantemente vestidos. Pararon el tráfico y quienes habíamos sido detenidos, pudimos contemplar una peculiar caravana de camionetas negras con vidrios polarizados, motos y otros vehículos, que se dirigían a gran velocidad vaya uno a saber dónde.

Se trataba de la caravana que el presidente de la república monta cada vez que se desplaza por la ciudad. Menos mal que no era el dispositivo de seguridad que hace unas semanas se dirigió a la Asamblea Legislativa escoltando ministros y otros funcionarios, porque habría dudado seriamente si no estábamos ya en un desfile militar para conmemorar el quince de septiembre…

A la vista de esos despliegues, y del zipizape que estamos viviendo por las tensiones entre los órganos Legislativo y Judicial en estos días, se me vino a la mente una pregunta: ¿hemos avanzado o hemos retrocedido, en la puesta en marcha de nuestro sistema democrático a partir de la firma de los Acuerdos de Paz (por poner un punto de referencia)?

Si consideramos la democracia como un sistema de votos concebido para elegir a quienes, por un período de tiempo, ocuparán los cargos de funcionarios públicos; si es sólo un sistema de facilitar el relevo de las personas en dichos puestos, y un simple procedimiento para premiar o castigar --por medio del sufragio-- el buen desempeño de los empleados públicos (desde el presidente de la república, o los diputados, hasta el último ordenanza de una oficina pública), diría que hasta la fecha, ha funcionado.

Pero si profundizamos un poco más, y vemos la democracia ya no sólo como un sistema de elección, sino como un procedimiento por el cual los ciudadanos nos sabemos representados por aquellos que hemos elegido, seguros de que éstos velarán por nuestros intereses, el resultado del juicio es más bien negativo.

Más aún, si buscamos a fondo y comprendemos que la democracia hunde sus raíces en la plena conciencia de la igualdad de todos los ciudadanos. Igualdad de derechos, de deberes, igualdad ante las leyes e igualdad de oportunidades para desarrollar cada uno todo su potencial de vida… entonces, sí que para el cuestionamiento acerca del modo como hemos avanzado en la asignatura de la democracia, resulta que nos movemos como los cangrejos: para atrás.

Entonces, va a ser que nuestro sentido de la democracia en lugar de progresar ha ido degradándose, pues cada día vemos más desigualdad, exclusión, injusticia. Las leyes se aplican de modo distinto a quienes en teoría son iguales: allí está la inoperante Ley de Transparencia Pública, bloqueada por funcionarios que temen se conozca el modo en que gastan los dineros; los intentos de cada uno de los poderes del Estado para imponerse sobre el otro, y no de realizar contrapesos como según la teoría democrática deberían funcionar; la danza de intereses cada vez que la Asamblea Legislativa debe elegir un funcionario de segundo grado; los malditos madrugones legislativos, etc.; por citar sólo algunos ejemplos.

Y lo peor de todo, que tanta disfuncionalidad no parece partir de principios y convencimientos políticos serios, posturas doctrinarias o teorías sociológicas, sino del puro y primitivo gusto por el lujo, por un desmedido afán de riqueza… del prurito por distinguirse a cualquier costo, sin parar mientes ni en la ética, ni en la legalidad, de los medios que se ponen para alcanzar un tren de vida que resulta escandaloso.

Pobre democracia nuestra, manipulada, utilizada, degradada. Pantalla que oculta --entre los que ocupan cargos públicos, quienes los pretenden, y quienes los elegimos-- fines vergonzantes.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org