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Déja vu a la salvadoreña

Nos guste o no, estamos en guerra, ya no entre dos ideologías, ahora es contra el crimen organizado que es el producto nefasto de nuestro crónico subdesarrollo, corrupción, impunidad y polarización. Igual que la noche de la “Ofensiva final&

En estos días los salvadoreños nos hemos despertado con una fuerte y colectiva sensación de vivir un “déja vu”: buses quemados, paro de transporte, calles nocturnas vacías, cadáveres en las calles, crispación política, todo lo cual se resume en un  estruendoso:  ¡NO TENEMOS PAZ!

“Déja vu” es un tipo de paramnesia de reconocimiento, que se caracteriza por la sensación de sentir que se ha sido testigo o se ha experimentado previamente una situación nueva. Este término fue acuñado por el investigador psíquico francés Émile Boirac (1851-1917) en su libro El futuro de las ciencias psíquicas, basado en un ensayo que escribió mientras estudiaba en la Universidad de Chicago. Es el fenómeno de tener la fuerte sensación de que un evento o experiencia que se vive en la actualidad se ha experimentado en el pasado. Lamentablemente para los salvadoreños, la violencia social que vivimos la semana pasada pertenece a un pasado tan real que se nos ha convertido en un sangriento presente, pareciese que el cine de la historia patria  sólo exhibiera películas de violencia, en particular la que pasó la noche del fin de semana en aquel fatídico 11 de noviembre de 1989. 

Les comparto los recuerdos de una amiga que son tan dolorosamente actuales: “Recuerdo esa noche, cuando la película que veíamos en casa fue interrumpida por un fuerte estruendo, seguido por el corte de electricidad. El corazón se paraliza y es que nadie, ningún civil, está preparado para oír el sonido de una bomba. El cerebro simplemente se resiste a procesar que algo así pueda estar ocurriendo afuera de tu casa. La oscuridad que siguió al sonido provoca silencio, pero es un silencio denso, incómodo, que te cubre como una sábana pesada. La casa --que de repente se convirtió en una cueva oscura--, hizo que nuestros sentidos se agudizaran: gritos en la calle, pasos de gente corriendo en la acera, sonido de balas ¡muchas balas!  que,   como abejas rabiosas y sedientas de sangre,  seguían con sus crueles aguijones a esas voces, a esos pasos. Esas abejas de plomo, asesinas sin sentimiento, segaron muchas vidas esa noche.

“La reacción de los que estábamos en casa era llamarnos unos a otros, como si el abrazo de tu familiar fuera una especie de escudo contra las balas o contra la esquirlas de las granadas. Todos corríamos buscando un lugar “seguro”, lo cual es relativo, no hay lugares seguros cuando se desata la locura. Buscábamos los brazos protectores de nuestros familiares, pero en sus caras percibíamos la angustia y en su respiración agitada adivinábamos el miedo que deriva de que su tan frágil sensación de seguridad se hacía pedazos en su cara. Y es que de repente la realidad salió a nuestro encuentro esa noche para gritarnos: ¡Estamos en guerra!

“Hay muchos tipos de miedo, pero el miedo que produce el sonido de las balas que se acercan cada vez más no es algo que sea tan fácil describir, más cuando estás indefenso y tienes 14 años de edad. Oímos como se quebraban las ventana de la segunda planta de la casa, mientras las balas perforaban el portón de la cochera como si se tratara de una pandilla de demonios amenazantes queriendo entrar. En medio de tanto estruendo, se escuchaban los susurros quedos de los parientes que rezaban: Padre Nuestro, que estás en los cielos..., todos, de manera espontánea,  nos unimos a esa oración, ya que comprendimos  de repente que únicamente estábamos en manos de Dios. No sé cuánto tiempo pasó, cuando hay dos bandos peleándose a balazos afuera de tu casa, esos minutos te dan la idea de lo que puede significar la eternidad.

“La mañana siguiente nos llenamos de valor y salimos a la calle. Si cierro mis ojos aún puedo ver las imágenes: A media calle un guerrillero muerto a balazos, el árbol de la esquina partido por la mitad por una bomba, el portón de mi casa perforado por balas, el carro que había quedado fuera con los vidrios quebrados.

“Esa misma semana, la cruz verde nos evacuó, salimos corriendo de la casa dejando todo atrás. En el carro, siguiendo a la ambulancia que nos sacaba de nuestra colonia, no pensábamos, no había futuro, solo existíamos.

“La paz” llegó con una firma, pero después de más de dos décadas, esa firma empieza a despintarse. Al día siguiente del inicio del paro al transporte colectivo, me desperté con esa misma sensación de angustia y me dije: “De nuevo estamos en guerra”, y aunque hoy no escuché balas, repito la misma oración: Padre Nuestro, que estás en los cielos…..”

Nos guste o no, estamos en guerra, ya no entre dos ideologías, ahora es contra el crimen organizado que es el producto nefasto de nuestro crónico subdesarrollo, corrupción, impunidad y polarización. Igual que la noche de la “Ofensiva final”, ahora no percibimos un futuro, solo existimos para vivir en un permanente sálvese quien pueda. A los recuerdos de mi amiga, solo falta agregar: “Señor haznos el milagro, llévate esta sensación de “déja vu”.
 

*Abogado, Master en Leyes.