Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

El déjà vu de la actual crisis delictual

El Salvador enfrenta una crisis delictual más aguda, sangrienta y compleja que la que se vivía a principios del 2012. Ahora, los salvadoreños estamos frente a un monstruo más robusto y peligroso, cuyo desarrollo y crecimiento fue alimentado por el traslado de los cabecillas pandilleros más influyentes desde el centro penal más seguro del país a otros presidios más laxos, con el fin de facilitar y potenciar su control sobre las estructuras criminales que conforman sus agrupaciones. Las autoridades dispusieron hacer un oscuro trueque con criminales y este movimiento fue clave para garantizar su cumplimiento. A los inescrupulosos funcionarios que formularon y ejecutaron este plan, no les importó mejorar la cohesión, organización, sofisticación, poder e influencia de las pandillas a cambio de la fabricación de una reducción artificial de las estadísticas de homicidios, que lejos de debilitar la crisis delictual la hizo invisible, más grave y profunda.

Aunque la situación ahora es más delicada que antes de marzo de 2012, se observan muchos de los elementos que estuvieron presentes cuando se planificó e implementó la negociación entre el Gobierno y las pandillas. Igual que ahora, la constante comisión de hechos delictivos, que por sus características causan alarma social, produjo y alimentó un pánico colectivo que llevó a la ciudadanía a adoptar una posición extrema y exigirle al Estado medidas contundentes y drásticamente represivas para atacar el problema.

David Munguía Payés, también en ese entonces Ministro de Defensa, nutría ese clamor social para ganar popularidad, ofreciendo la ejecución de estados de sitio focalizados, creación de unidades especiales, entre otro tipo de acciones de igual tono. Sin embargo, ese funcionario, paralelamente y en secreto, mientras mantenía ese discurso que sustentaba la locura, fraguó y ejecutó el nefasto pacto con las pandillas. El gobierno pretendía mantener su verdadera estrategia en la clandestinidad, mientras engañaba a la ciudadanía y, al mismo tiempo, radicalizaba el aparato de seguridad.

Hoy día, el alza del promedio de homicidios diarios a niveles sin precedentes y la cruenta ofensiva contra los policías, soldados, fiscales y custodios, después de la invisibilidad propiciada por el pacto con las pandillas, ha producido nuevamente un estado de pánico colectivo y causado que la ciudadanía asuma posturas radicales y pida medidas extremas. El gobierno, otra vez, explota ese sentimiento social y promete transformar el aparato de seguridad para convertirlo en uno más radical y represivo, apostándole principalmente al trabajo del personal táctico uniformado. Funcionarios de alto nivel incluso han manejado la posibilidad de revivir los batallones de reacción inmediata y crear batallones de limpieza al interior de la Fuerza Armada.

Hay que tener claro que este tipo de medidas, aunque suenen atractivas, no resolverán el problema, ya que no consideran la complejidad, adaptabilidad y sofisticación con la que operan las pandillas. Puede parecer buena idea darle batazos a un panal de abejas para deshacerse de él, pero al final no se logrará el cometido porque no considera la naturaleza del funcionamiento del panal y la forma de operar de las abejas. Indudablemente, el abordaje del problema delictual debe de considerar medidas represivas urgentes con las que se debiliten las estructuras delictuales y, por lo tanto, se reduzca su influencia y control, para que los programas de prevención, rehabilitación y revitalización comunitaria tengan el efecto deseado. No obstante, medidas represivas burdas, que no estén afincadas alrededor del trabajo de inteligencia e investigación, no resolverán el problema, simplemente constituyen la manipulación política del miedo colectivo.

El país está en una coyuntura vulnerable, en la que los políticos pueden aprovecharse para avanzar sus proyectos ideológicos y partidarios, en detrimento de la solución real de problemas. Hasta que los funcionarios dejen de proponer medidas populistas y no estrategias inteligentes, lo más probable es que sus ofrecimientos e intenciones no sean reales y escondan objetivos ulteriores.

*Criminólogo.

@cponce_sv