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En defensa de las columnas de opinión

Bien podría haber titulado la presente como "la ironía", pues no se me escapa la gracia de hacer uso de este espacio para defender el género de las columnas de opinión. Sin embargo, comentarios que circulan llamaron a mi atención el hecho de que muchos, quizás por ver las columnas publicadas en tinta y sobre el papel en el que además leen noticias, les ha dado por asumir que los editoriales son periodismo y pretenden juzgarlas con criterios que no les aplican.

El ejemplo más claro han sido las reacciones a la opinión reciente de mi colega alemán, Paolo Lüers. Paolo apoya abiertamente a un candidato específico para la alcaldía de San Salvador. Sus razones las ha hecho públicas. Paolo es de profesión periodista. Lo anterior no convierte todo lo que sale de su pluma en periodismo. Mucho menos si lo escribe en la sección del periódico en la que se publican opiniones.

Las opiniones son como los ombligos, en el sentido de que todo el mundo, periodista o servidor de tragos, albañil o carpintero, abogado o estudiante, tiene la suya, y que esta, así como los ombligos, puede ser fea o bonita, gustarle a todos o a nadie. Las opiniones, hasta las feas, están protegidas por la libertad de expresión. El fin de las columnas no es informar ni educar: es empezar conversaciones y abrir debates. En ese sentido, todas son valiosas, algunas leemos buscando coincidir, y otras, por masoquismo, para hacer trabajar al hígado.

Por eso, pretender aplicarle el rasero de la ley del silencio electoral que impide a candidatos hacer campaña pidiendo el voto a la opinión de columnistas que publican en medios privados, señala un claro desconocimiento de la ley y una incomprensión de la manera en que el derecho constitucional de la libertad de expresión protege a los ciudadanos.

También se equivocan los que piensan que lo criticable de las columnas de Paolo sea la falta de objetividad. Quejarse de la falta de objetividad a sabiendas de que se está leyendo una opinión es el equivalente a quejarse de la poca representación que tiene el secularismo en la curia vaticana. Tampoco el periódico pierde objetividad por publicar subjetividades mientras respete el estándar de ética periodística de señalar bien su sección editorial. La misma prerrogativa de decidir a quién se publica y a quién no, tienen todos los periódicos como entidades privadas y queda a criterio del consumidor a quiénes deciden fortalecer o apoyar con su suscripción o compra. De la misma manera en que se decide dejar de consumir en un restaurante si se considera que su menú es poco nutritivo, se puede decidir leer un periódico o no.

La conversación sobre lo que deberían o no opinar ciudadanos particulares en medios privados no es una que puede tenerse al amparo de la legislación electoral, es una de libertad de expresión, que por suerte, protege la opinión de todos: los objetivos, los estudiados, los equivocados, los fanáticos, los criticones, los metidos, los religiosos y hasta la de los intolerantes que algunos de nosotros preferimos no leer para evitar las náuseas. Y cada quien con su prerrogativa: la del columnista, opinar esto o lo otro; la del medio, publicar o no, y la del lector, leer o no, cancelar su suscripción, o usar el papel para madurar aguacates, envolver nacimientos de barro o limpiar vidrios. Y ninguna de las anteriores prerrogativas le hace daño a nadie.

*Lic. en Derecho con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg