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Curemos a Chamba

Pobre Chamba. Sin vapor, sin estrategia, sin liderazgo. ¡Si hasta la chikingunya le ha doblado los huesos!

No me alcanzan los dedos para contar los años que han pasado desde que Chamba, en la mayoría de sus materias, sacaba mejores notas que sus vecinos.

Mejor nota en creatividad, evidente en la pujanza de su industria; mejor nota en infraestructura, con calles y aeropuerto envidia de la región; una muy buena nota en turismo, cuando afuera nos conocían como el país de la sonrisa.

De repente, Chamba fue perdiendo stamina, se quedó sin oomph, y como resultado, sus notas fueron cayendo; sus coterráneos emigrando; muchas de sus calles empeorando; su aeropuerto arruinando. Del país de la sonrisa, pasamos al país de la incertidumbre.

Antes, Chamba podía pasear de noche, ahora las maras no lo dejan salir de su propia casa después de las ocho.

En la escuela aprendió a masticar el inglés, pero sus hijos neles, quizás porque la cobija alcanza sólo para los uniformes que les regalan.

Cierto, antes uno también se tenía que rebuscar para tomarse la medicina, pero al fin la encontraba. No como hoy que pasa en el Seguro de sol a sol, y sale con la luna, pero sin medicina.

Lo que más le aflige a Chamba, es que sus hijos no encuentran chamba. Antes se trabajaban las tierras, se movía concreto y hierro, florecían las ideas, se exportaba más productos que gente.

Y furioso, Chamba exclama: "Ahora dependemos del sudor de la frente de mis paisanos que viven fuera. Nos quedamos con los brazos cruzados ante la roya. Nuestras ideas mueven hierro y concreto, pero lejos de nuestras fronteras".

Chamba no concibe cómo, a tan sólo sesenta días de estrenar gobierno, una alianza perversa recete un nuevo paquetazo fiscal, que le pone la escoba detrás de la puerta a la inversión.

Sin duda se necesitan recursos, pero tomaron el camino más fácil, el más precipitado, y el menos inteligente.

¿Qué no entienden que las empresas buscan tierras en las que su inversión produzca, genere más fuentes de trabajo, y por lo tanto crezca la buchaca de Hacienda?

¡Picaros! Cocieron la receta, a fuego lento, durante el Mundial, y la sacaron del horno justito antes de las vacaciones agostinas.

¡Alto! Respiremos hondo. Somos un pueblo que no se rinde tan chiche; le hemos gritado "¡Olé!" a guerras, terremotos, huracanes. Chamba no se nos puede achicar.

Sigamos gritándole ¡Basta ya! A los diputados pata de chucho, y a los chanchullos bajo la mesa. Pidámosle a nuestro nuevo presidente que, tan pronto calme su viajadera, nos cuente qué logró, y recordémosle que los empresarios esperan su oferta de platicar, para tanta incertidumbre aclarar.

Chamba también se va a mejorar si ayudamos al más necesitado, si dejamos de tirar tanta basura a la calle, si somos cordiales con nuestros vecinos, si cuidamos y apreciamos la poca naturaleza que nos queda.

Pequeñas grandes acciones que todos podemos aportar para quitarle presión a la olla; para recuperar el rumbo perdido, para curar a Chamba de tanto mal.

*Colaborador de El Diario de Hoy.