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¡Cuidado, sepulcros blanqueados!

Por varios meses la clase política italiana le había estado pidiendo al papa Francisco que permitiera a sus funcionarios asistir a una de sus celebraciones eucarísticas matinales. El asunto, que para el párroco de cualquier basílica tendría carácter de trámite, en el caso del pontífice sí ofrecía algunas dificultades importantes, en particular porque Francisco acostumbra a tener su misa diaria en la pequeña capilla de Santa Marta (insuficiente para albergar a tantos políticos) y porque los distinguidos asistentes, si de verdad querían acompañarle, debían respetar la hora en que él suele presidir la eucaristía, es decir, las 7 de la mañana.

Aceptadas estas condiciones, el papa por fin accedió a la petición el pasado 27 de marzo, en un evento que para él supuso trasladarse a la basílica de San Pedro. Esta logística no impidió, sin embargo, que la ceremonia empezara puntual, como todos los días, lo que obligó a medio millar de parlamentarios, veinte secretarios de Estado y una decena de ministros a levantarse inusualmente temprano, lejos del holgado horario laboral de las oficinas públicas italianas. De hecho, la insólita noticia de que los funcionarios llegarían a misa a semejantes horas de la mañana se convirtió en noticia de tendencia mundial en las redes sociales, desatando miles de comentarios sarcásticos en tiempo récord.

Pero la mala jornada de los políticos italianos no iba a terminar con el forzado "madrugón". Las severas palabras del papa durante la homilía iban a convertirse en su peor pesadilla.

La primera lectura de la liturgia estaba tomada del libro de Jeremías, concretamente de un pasaje en el que las "lamentaciones de Dios" son recogidas con dramatismo por el profeta, que así reprende a una generación israelita que se había resistido a escuchar a los mensajeros divinos. "Me dieron la espalda", fue una de las expresiones de la lectura destacadas por Francisco, lo que dio pie a que hiciera un preciso retrato de aquella "clase dirigente que se había alejado del pueblo".

"Con el tiempo", dijo el papa, "el corazón de esta gente, de este grupito se había endurecido tanto, tanto, que le era imposible escuchar la voz del Señor. Y de pecadores que eran, resbalaron hasta volverse corruptos. ¡Y es tan difícil que un corrupto pueda volver atrás! El pecador sí, porque el Señor es misericordioso y nos espera a todos. Pero el corrupto se fija sólo en sus asuntos. Y estos eran corruptos, y se justificaban a sí mismos, porque Jesús, con su sencillez, pero con su fuerza de Dios, los fastidiaba".

Ciertamente, el funcionario que chapotea en el fango de las riquezas fáciles no está dispuesto a oír las advertencias que le incomodan, aunque provengan del cielo. Repleto el corazón por los placeres efímeros que le procura el dinero mal habido, el corrupto de hoy --como el de los tiempos bíblicos-- prefiere cerrar sus ojos y oídos a la voz de la conciencia, que se convierte en la última instancia a través de la cual Dios le amonesta y le invita al arrepentimiento.

Refiriéndose a los dirigentes corrompidos que aparecen en el Evangelio, pero hablándole en realidad a los políticos de nuestra época, Francisco recuerda que "ellos rechazaron el amor del Señor. Y este rechazo los hizo tomar una senda que no era la de la dialéctica de la libertad que ofrecía Jesús, sino que era la lógica de la necesidad, donde no hay lugar para el Señor… Se han vuelto hombres de buenas maneras, pero con malos hábitos. Jesús los llama sepulcros blanqueados".

Las advertencias del papa sobre la corrupción (y el alejamiento de Dios que supone) deberían motivar nuestra reflexión en estos días de Cuaresma y Semana Santa. Pedir al cielo por la honestidad de los políticos, hoy que estamos a las puertas de otro relevo gubernamental, es tarea oportuna. ¡Cuánto ganaríamos con funcionarios que tuvieran conciencia de la brevedad de esta vida y tuvieran miedo al juicio divino!

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.