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Cuidado con el mal aliento y la gangrena

Desde el más laureado profesional hasta el más sencillo estudiante, desde el más exitoso empresario hasta el más humilde comerciante, pueden estar contribuyendo a que la gangrena se expanda

Recientemente tuve la fortuna de participar en una enriquecedora convivencia de profesionales y empresarios que se llevó a cabo bajo el nombre de “Protagonistas de una nueva sociedad”. Durante la referida convivencia pudimos reflexionar sobre varios temas, todos ellos pertinentes y apegados a nuestra realidad. En este espacio quiero referirme a uno solo de ellos: la corrupción vista como un poderoso disolvente del tejido social; así nos fue presentada.

Inicio por traer a colación las palabras del Papa Francisco, cuando señala que la corrupción es como el mal aliento: difícilmente quien lo tiene se da cuenta, son los otros quienes se percatan y deben decirlo. Por tal motivo –dice el Papa- difícilmente el corrupto podrá salir de su estado a través de su conciencia. Y luego agrega que la corrupción es la gangrena, la polilla de un pueblo.

Estas palabras me parecen muy oportunas. Está claro que los ciudadanos estamos desarrollando un alto nivel de intolerancia a la corrupción y exigimos -cada vez más- transparencia y rendición de cuentas. Pero lo cierto es que cuando hablamos de la corrupción, solemos referirnos casi de manera automática a aquella que se gesta al interior de las instituciones públicas; vinculamos indefectiblemente la corrupción con las actuaciones de nuestros funcionarios y pedimos a gritos la aplicación de la ley a esos que con desfachatez, se aprovechan indebidamente de sus cargos para enriquecerse a nuestra costa.

Que estemos desarrollando ese nivel de intolerancia con la corrupción está muy bien. En nuestro país es la presión ciudadana la que está propiciando el surgimiento de leyes que combaten el enriquecimiento ilícito y la opacidad en la gestión pública. Es esa misma presión ciudadana la que ha posibilitado que en días recientes comencemos a ver resultados concretos en las investigaciones conducidas por la Sección de Probidad de la Corte Suprema de Justicia; y es esa misma presión la que poco a poco está provocando un cambio radical en los procesos de elección de funcionarios.

Es muy temprano para saber los resultados que tendrán las investigaciones iniciadas en la Sección de Probidad, pero nadie puede dudar de que ya se ha dado un gran paso y que éste es irreversible. Ante lo acontecido, que nadie dude que todos los ciudadanos estaremos vigilantes de lo que ocurra con las investigaciones; las que ya están iniciadas y las que seguramente están por venir. 

Se ha abierto una puerta que ya ningún buen ciudadano quiere que se cierre; por el contrario, estos hallazgos de presuntas irregularidades, fortalecen la legítima pretensión de contar con un adecuado régimen que se aplique a los servidores públicos y que permita conocer si estos se han enriquecido indebidamente en el ejercicio de sus cargos o si han hecho un mal uso de su poder para conseguir ventajas ilegítimas.

Pero esto que está bien, resulta insuficiente si no nos percatamos que la corrupción no es un mal al que podamos calificar como patrimonio exclusivo de los funcionarios o que solamente pulula en las paredes de los edificios públicos. No, la corrupción no se da solamente en el ámbito de la función pública aunque esa sea la que más nos indigne. 

Y vaya si no hay razón para indignarse con esta suerte de corrupción, cuando estudios recientes demuestran que la misma puede estar significando un costo por país que puede oscilar entre el 3 y el 10 % del producto interno bruto. ¿Cuántas obras de infraestructura, cuántos servicios públicos, cuántas mejoras en nuestro nivel de vida podríamos obtener los ciudadanos de no existir esta polilla que carcome a nuestras instituciones públicas?

Pero con todo y ello, no hay que perder de vista que la corrupción puede estar presente en muchos otros ámbitos; y no hablo únicamente sobre el indiscutible hecho de que frente a un corrupto siempre hay un corruptor, sino también me refiero al hecho de que esta enfermedad puede estar presente en nuestras propias organizaciones, en nuestras empresas, en nuestros centros de trabajo o estudio. Contra esa corrupción también hay que luchar.

Así para el caso, un abogado no solo es corrupto cuando pretende deslizar favores económicos a un juez para que este último le otorgue la razón y éste último le acepta el favor. Un abogado también es corrupto cuando realiza un patrocinio infiel, cuando con descaro ignora la existencia de conflictos de interés, cuando cobra por un trabajo que no ha realizado o cuando esconde a su cliente un resultado negativo en su gestión. 

Lo mismo aplica en las demás profesiones y ocupaciones en donde podemos encontrar numerosos ejemplos de comportamientos corruptos. Desde el más laureado profesional hasta el más sencillo estudiante, desde el más exitoso empresario hasta el más humilde comerciante, pueden estar contribuyendo a que la gangrena se expanda; a veces sin reparar en ello aunque en muchas otras con plena conciencia.

El mal del cual nos quejamos puede estar presente en el ámbito estrictamente privado y no por eso deja de ser una enfermedad, con lo cual nuestra intolerancia con la corrupción también debe hacerse presente en esos casos. 

No nos limitemos a señalar la perniciosa corrupción de los funcionarios; también ocupémonos de nuestro entorno más cercano y cuidémonos de no tener ese mal aliento del cual solo los demás se percatan; llevemos todos pan limpio a nuestros hogares. 

*Colaborador de El Diario de Hoy.