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Cuestión de fe

En estos días se ha escrito, a propósito de Venezuela: "como nos enseña la Historia, el poder no se pierde cuando la gente empieza a disparar, sino cuando la gente duda". Cierto. Sobre todo al considerar cómo poco a poco se fueron abriendo brechas en la fe que muchos tenían en el chavismo como sistema, y cómo paulatinamente la animadversión (al más puro estilo de odio de clases) que ha sostenido el sistema, va siendo sustituida por el amor a Venezuela que está llevando a muchas, muchas personas a luchar en las calles por el país que sienten pueden recuperar, todavía.

Se podría argumentar que lo que mueve a los manifestantes es, a su vez, odio a Chávez y su sistema (del cual Maduro resultaría una pieza defectuosa), pero ese sentimiento lo llevan incubando desde hace muchos años y no les movió a actuar. Sólo ahora, cuando dejaron de dudar que es posible cambiar las cosas, se lanzaron a hacerlo. Y allí están las consecuencias inmediatas. Las de mediano plazo, son difíciles de prever.

En el país sur americano, los que viven mal han sido siempre más que los que la vida les ha sonreído. Allá, como aquí, los afortunados pensaron que era "normal" que la gran mayoría de sus compatriotas estuvieran fregados, y quizá por eso los políticos y dirigentes sociales les fallaron una y otra vez. Hasta que apareció Chávez, y vio una mina de oro más rica que todo el petróleo del mundo en la situación socio económica de su país, y empezó a trabajar para la gente. La empoderó con el odio y dejó que votaran por él. No sin antes darles una fuerte seguridad, pareja con la disipación de todas sus dudas, con respecto a las posibilidades reales de éxito en el camino al poder.

A fin de cuentas, ese "poder popular" que llevó a Chávez a hacerse con toda la institucionalidad en su país a fuerza de votos, y a perpetuarse en el poder, terminó mostrándose como una excusa elegante --preñada de buenas intenciones, eso sí-- para que el comandante, sus familiares y allegados, pudieran vivir como los odiados sifrinos, mejorar un poco las condiciones de vida de la mayoría de los venezolanos, e instaurar un régimen que destinado a durar, al cabo de un año desde la muerte del fundador, se está terminando, entre escasez e hiperinflación, por el mal gobierno de Maduro y otros chavistas sin carisma ni capacidad.

Dándole vuelta a la cita del principio, también tiene sentido sostener que uno no se hace con el poder cuando empieza a disparar, sino cuando alberga la seguridad de que es posible conquistarlo. Y mejor que mejor, cuando se logra transmitir a los demás, votantes en una democracia, la misma seguridad. Lo hemos visto hace quince días: el repunte de unos va de la mano con la seguridad de que "sí se iba a poder", y el mantenimiento del caudal de votos de los otros, refleja la confianza que produce lo que ya se sabe conquistado.

Aún con los músculos morales adoloridos después de la última batalla electoral, en un año tenemos nuevamente elecciones. Poco tiempo para prepararse, y mucho para sostener el entusiasmo si los partidos políticos no hacen acciones concretas y sistemáticas en esa dirección.

Por eso, la pregunta importante es ¿cuál mitad tiene mejor capacidad para conservar sus seguridades, y exorcizar los demonios de sus dudas? ¿Será capaz la dirigencia de cada uno de los partidos de sostener la certeza en sus votantes, de mantenerse como una opción real para mejorar una vez en el poder, para unos, o desde la oposición, para los otros?

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org