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Un cuento de Navidad

No quería regresar, no tenía amigos ni parientes a quien buscar. Sentía la Navidad como un absurdo nudo en la boca del estómago

Faltaba poco para las cuatro de la mañana. En el aire flotaba un tenue olor a pólvora, y de vez en cuando estallaba a lo lejos uno que otro cohete, de esos que los niños aburridos salen a reventar en la acera. La brisa fría le azotaba la cara y arrastraba algunas tiras de papel periódico, restos de petardos, que giraban en el asfalto produciendo su característico frufrú. 

Sin saber cómo ni cuándo le entró una tristeza. Tenía la boca amarga y el alma dormida. Caminaba por instinto, eran los pies los que lo llevaban no sabía dónde. Todo le daba exactamente lo mismo.

Había estado en casa de su novia para celebrar la Noche Buena. Cuando le dijo a su abuela que no la acompañaría esa noche, la señora frunció el ceño y solo atinó a decir: - y si llama tu mamá ¿qué le digo?... Él la miró como se mira a quien, aunque solo sea por un instante, ha perdido el juicio, y le respondió: - mamá Toya: mi mamá ya no nos quiere. Desde que se fue solo llamó dos veces. Después, por gusto. 

Cuando la viejita le dijo –otra vez- que no encontraba al Niño Dios, desde principios de noviembre estaba con esa idea fija…, pensó que eran cosas de la edad. Paciencia.

Se había peleado con la Vanessa. Todo comenzó por una tontera, y terminó con que se fue de la casa, sin despedirse… Como Giovanni, su cuñado, había pasado por él, no le quedó más remedio que caminar. La casa estaba cerca y, a fin de cuentas, necesitaba un poco de aire y de tiempo para sí mismo. 

No quería regresar, no tenía amigos ni parientes a quien buscar. Sentía la Navidad como un absurdo nudo en la boca del estómago. Notó que se le humedecían los ojos, se sorprendió y se acordó del Niño Dios de sus primeras Navidades. Siempre se preguntó por qué había querido nacer pobre si –como decía mamá Toya- era Dios, el dueño de todo. 

Cuando comenzó a crecer dejó de creer. Era listo y en el colegio no le había ido tan mal. La Universidad fue otra cosa, pero una vez aprendió a compatibilizar fiestas y estudio había terminado la carrera. Tenía un buen trabajo. Nunca le había hecho falta Dios ¿a qué venía ahora esa extraña melancolía?

Iba tratando de comprender la maraña de lo que sentía cuando reparó en él. Acurrucado apoyado la espalda en un poste, llorando, solito. A lo sumo tendría unos cinco años, pies descalzos y ropas raídas. El primer impulso fue pasar de largo, pero algo le movió, se acercó y le tendió la mano. Sin mediar palabra el niño la tomó y comenzaron a caminar asidos de la mano. Lo llevó a la casa y cuando entraron a la cocina le dio algo de comer, que le agradeció con una sonrisa de los ojos, más que de la boca. 

Era tarde, y pensó que podía darle posada al menos hasta que amaneciera, después ya vería qué hacer. Se sintió bien, pensó que quizá eso era Navidad: ayudar a quien lo necesita, acompañar al que está solo. Fue a su cuarto a buscar unas mantas y prepararle donde dormir. Al regresar a la cocina no lo encontró. Se había ido dejando la puerta abierta.

Pensó que había sido un tonto. Miró por encima para ver si había robado algo, pero no notó que faltara nada. Antes de acostarse apagó las luces de la sala. No podía creer lo que pasaba cuando al ver el Nacimiento reparó en que su abuela había encontrado el Niño Dios, que dormía plácidamente acurrucado, apoyando la espalda en una columna del portal. 


*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare