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Un cuento de Navidad

Pablo tiene doce años. Estudia en un buen colegio y nunca en la vida le ha faltado nada. Sus papás están muy contentos con sus notas. Hasta presumen de su inglés. Tan bueno, que en el último viaje de negocios acompañó a su papá y le ayudó como intérprete.

Diciembre es para él una época especial, aunque a fin de cuentas tampoco le gusta tanto. Le agrada por las vacaciones, los regalos y la comida. Pero le cae mal que todo el mundo empiece a hablar de la Navidad, y nadie le explique qué es exactamente.

Hace poco le preguntó a su papá ¿qué es la Navidad? Es una época del año en que se gasta mucho, le dijo… Su mamá le contestó que era la temporada más linda porque se pasaba en familia. Su abuela le empezó a contar de cuando celebraban la Navidad en el pueblo, iban a Misa de Gallo y ponían el nacimiento. Sin embargo, cuando quiso saber más de la misa (su familia no era muy practicante que digamos), y qué era eso del nacimiento, su abuela recibió una llamada en el celular y se puso a hablar horas y horas… y él se aburrió y se fue. A su única hermana no le pudo preguntar, pues apenas tiene tres años.

Sabe bien que se celebra el nacimiento de Jesús, pero a fin de cuentas eso no le dice mucho.

Y llegó el veinticuatro, y comenzaron a llegar como a las ocho los familiares a la casa. Su papá empezó a atender a los invitados como buen anfitrión, y su mamá no salía de la cocina… Él, como el año pasado, y el anterior, se aburría. Más hoy que a su abuela se le ocurrió no comprar cohetes, pues "peligroso se vuela un dedo Pablito" ¡como si siguiera teniendo cinco años!

Intentó jugar en la consola de video, pero se le cayó la conexión a Internet. Trató de encontrar a alguien con quien chatear, pero sólo estaban los "looser" de siempre. Puso una película en la compu, pero al rato seguía tan aburrido como antes, y salió a la calle a ver qué hacía.

Entonces, reparó en el vigilante de la colonia, que estaba en su caseta. Solo. Tan aburrido como él, se imaginó. Nunca habían hablado. Solamente lo había visto alguna vez, con su tupido bigote gris y su perenne sonrisa, desde el carro. Se le acercó, y con sorpresa se dio cuenta de que estaba llorando.

Pablo, curioso y de buen corazón, decidió ayudarle. El viejo se sorprendió e intentó disimular. Sin saber exactamente por qué, Pablo le preguntó:

- ¿Está llorando porque es Navidad?

- No, le contestó, lloro porque estoy solo.

- ¿Y su familia? le dijo.

- Hace ocho días murió mi esposa, y todos mis hijos están en el norte.

Pablo no supo qué decir, pero decidió quedarse con él. Los dos en silencio. Un buen rato.

Hasta que el señor comenzó a hablar: le contó del niño Dios, que había nacido en Belén una noche como esta hace muchos años, para salvarnos. Le explicó quiénes era María y José, su aventura para encontrar posada en Belén. Le habló de los pastores, de Herodes, de los reyes… Pablo lo escuchaba embobado.

Entonces oyó a su papá que lo llamaba. Se despidió del vigilante, le dio un abrazo que sorprendió a ambos, y salió corriendo muy contento. Antes de que lo regañara por estar en la calle, le dijo: "Papá, hoy he aprendido qué es la Navidad: es no dejar que nadie esté solo, ni Jesús. Se trata de estar en familia alrededor del Niño Dios, y alegrarse de que nos necesita".

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org