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Cuando trabajar no es suficiente

Lo importante es no pensar que lo que hacemos ya es suficiente y que son otros lo que causan los problemas de nuestro país por lo que son otros los que deben resolverlos. Si así lo estamos viendo, nosotros somos parte del problema

Son muchas las razones por las cuales, cada vez más, los ciudadanos nos interesamos en la gestión y administración de la cosa pública. Ahora somos ciudadanos más informados, más exigentes e incluso más sofisticados a la hora de elegir a nuestros gobernantes.

Cuestionamos, indagamos y pocas veces nos conformamos con explicaciones superficiales.

En nuestras casas, en nuestros trabajos, en nuestros círculos de amigos, en los lugares que frecuentamos, es esperable que surja alguna discusión sobre temas como la inseguridad, la situación económica, los niveles de inversión, el desempeño de la Presidencia de la República, las decisiones adoptadas en la Asamblea Legislativa, el comportamiento de los diputados y hasta las sentencias emitidas por la Sala de lo Constitucional.

Todos expresamos abiertamente nuestras opiniones, contraponemos ideas, criticamos y exigimos. Lo hacemos de manera tan natural y espontánea, que ya nadie se detiene a pensar que por años, mucha sangre se derramó para que eso fuera posible. Las redes sociales están saturadas de comentarios, reflexiones, peticiones y opiniones que ahora están al alcance de casi toda la población.

En esa vorágine de expresiones realizadas por diferentes medios y en diferentes ambientes, es común encontrarse con reiteradas manifestaciones que --dadas las circunstancias actuales-- no pueden sino calificarse de cómodas. En nuestra coyuntura es muy cómodo decir que soy un buen ciudadano que ya hago mi parte porque trabajo tesoneramente y además pago mis impuestos. Es muy cómodo decir que estoy contribuyendo con el desarrollo del país desde mi propia trinchera de trabajador honrado y que por eso demando actuaciones decorosas de los funcionarios que son pagados con mis impuestos.

Por supuesto que es cierto que nuestro país necesita que todos cumplamos bien con nuestras respectivas ocupaciones laborales, llevemos el sustento a nuestras familias, eduquemos a nuestros hijos y “paguemos al César lo que es del César”. Hacemos mucho con respetar una jornada laboral, dar la milla extra en nuestros centros de trabajo, emprender o continuar negocios que generen empleos y actuar siempre con probidad. 

Todo eso está muy bien, pero la verdad no es suficiente. La posición de “yo ya hago lo mío por lo que tu debes hacer lo tuyo”, no es la que necesita nuestro país en este momento; quizá en otras circunstancias pero no en la actual. 

Una posición como esa en este momento, se parece a la de quien se considera buen padre porque simplemente provee el sustento material que sus hijos necesitan y de eso parte para exigir que sus hijos también sean buenos. Ser un excelente proveedor en la familia está muy bien, pero todos sabemos que es insuficiente para educar buenos hijos.

En nuestro país estamos en una situación en la que tenemos que seguir haciendo lo que ya decimos hacer correctamente, pero también tenemos que involucrarnos y meternos de cabeza, en la solución de los problemas que nos agobian. 

Si queremos dejar de quejarnos y cambiar lo que reprochamos, sigamos haciendo uso de todas las plataformas de comunicación que ya existen, pero utilicémoslas no solo para criticar sino también para proponer; si todos lo hacemos nos van a escuchar. 

Mejor aún, acerquémonos a las asociaciones y fundaciones sin fines de lucro, así como a organismos no gubernamentales que trabajan por el desarrollo del país y que prestan diversos servicios sociales a la población, participemos en las entidades gremiales, involucrémonos con el trabajo de las iglesias según la fe que profesemos, seamos parte activa de los movimientos ciudadanos que intentan contribuir con la transformación del Estado y que procuran incidir en la adopción de políticas públicas o, si acaso, pasemos a organizar un movimiento identificando con claridad su cometido. 

Si somos empresarios, entonces seamos ingeniosos en nuestras empresas y comencemos a crear –-como lo describe Oppenhei- mer -- negocios con sentido social, identificando proyectos que generen lucro, pero que a la vez solucionen una problemática social. Quitémonos la idea de que se trata de propósitos excluyentes.

No es imperativo involucrarse en política pero es tiempo de perder el temor a participar en ella. Si nos identificamos con alguno de los partidos políticos ya existentes, entonces toquemos sus puertas, incorporémonos en sus actividades e intentemos cambiar desde adentro lo que no nos gusta. Si ninguno de los partidos existentes nos atrae o pensamos que no hay ninguna posibilidad que nos abran sus puertas o que podamos influir en cambiar sus actuaciones, no nos quedemos cruzados de brazos y atrevámonos a pensar --con visión de mediano plazo-- en la organización de alternativas políticas.

En resumen, lo importante es no pensar que lo que hacemos ya es suficiente y que son otros lo que causan los problemas de nuestro país por lo que son otros los que deben resolverlos. Si así lo estamos viendo, nosotros somos parte del problema. 

*Colaborador de El Diario de Hoy.