Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Cuando Dios se escapó del politeísmo

La idea de Dios sufre a lo largo de la historia amaneceres, crepúsculos, mediodías y noches. Si creemos en las investigaciones del antropólogo alemán Martin Gusinde, los hombres más primitivos del mundo, los de la Tierra del Fuego, en la Patagonia suramericana, creían en un solo Dios creador de todo lo existente y se dirigían a Él con respeto y confianza para pedirle una buena caza o una buena pesca. Los creadores del Juramento Hipocrático, viviendo en una cultura mucho más desarrollada, con su lucidez para captar la dignidad de todo ser humano y el deber de respetar su vida, su cuerpo y su intimidad, sin embargo en su religión se mantenían todavía dentro de la mitología de innumerables dioses llenos de pasiones y conflictos humanos.

Pero será también, precisamente en Grecia, donde la filosofía irá separando el saber fundado en la razón de los conocimientos supersticiosos, mitológicos e irracionales. Está naciendo la ciencia y con ella también vuelve la idea de un único Dios que se aparta radicalmente de la caterva de los dioses olímpicos. La ciencia y Dios: un doble punto luminoso de la historia.

Para Aristóteles (384 a 322. a. JC), cumbre de la filosofía de ese tiempo y de siempre, Dios ya es "un ser sustancial, realmente existente, Acto puro, eterno, no sujeto a cambios de ninguna clase, por ello inmóvil, pero principio de todo movimiento, distinto de todo lo sensible, inmaterial, indivisible, impasible, inalterable, incorruptible, dotado de poder infinito, cerrado a todo lo exterior a sí mismo, que posee en grado sumo y con una plenitud inimaginable, la belleza, la inteligencia y la felicidad". ¿Qué le falta a esa idea tan certera, pero fría?

Le falta ser un Dios no cerrado a todo lo exterior, sino abierto a todo lo creado y que adopte una actitud cercana y paternal hacia los hombres. Moisés lo descubrirá al acercarse a la zarza ardiente que misteriosamente no se consume. Cuando le pide a Dios cuál es su nombre, la respuesta será tremendamente metafísica: "Yo soy". Es decir, el único que no debe a nadie su existencia, el único que es de un modo pleno y absoluto pero también el que le dice a Moisés: "Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob". Le explica que ha visto la aflicción de su pueblo en Egipto y que ha descendido "para librarlos de manos de los egipcios, y para sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel".

De nuevo, en medio de pueblos adoradores de un montón de ídolos creados por la imaginación humana, en medio de las grandes culturas de la Mesopotamia, el Dios único y verdadero será el de un pequeño pueblo de simples pastores trashumantes, sin que ninguna razón humana o explicación científica pudiera esperarlo. Será un nuevo punto luminoso de la historia que permanecerá para siempre y adquirirá su mayor esplendor cuando siglos más tarde nazca Jesucristo.

Con el Siglo XVIII y el deísmo comienza el crepúsculo de Dios en la cultura europea y crece su oscurecimiento a lo largo de los siglos diecinueve y veinte. Ahora, en nuestro siglo, la cultura de la muerte pretende, con todo su aparato millonario de publicidad ideológica, sus presiones políticas y su compra de voluntades, extender ese eclipse divino a todo el orbe terrestre y llegar a realizar la muerte total de Dios, esa que profetizó Federico Nietzsche hasta volverse loco. De nuevo vuelve a adquirir actualidad la frase de Chesterton: "Cuando se deja de creer en Dios ya no se puede creer en nada, y el problema más grave es que entonces se puede creer en cualquier cosa". Y es que ahora pretenden sustituir a Dios por algún ídolo prefabricado: la Madre Tierra, la Nueva Era o el Nuevo Orden Mundial.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com