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¡Crucifícalo!

En los últimos años, durante la lectura del Evangelio de la Pasión de Cristo en los Domingos de Ramos, he querido gritar: ¡Crucifícalo! Poncio Pilato quiere desentenderse de la decisión de matar a Jesús y pide al pueblo que elija si libera a Barrabás o a Jesús siguiendo la tradición en esas fechas. ¡Crucifícalo!, grita el pueblo. Pero en la colectividad se pierde la individualización de las decisiones. ¿Qué hubiera hecho yo? Si hubiera tenido el privilegio de ser llamado por Jesús a convertirme en su discípulo, muy probablemente lo hubiera negado no tres veces, sino muchas más.

¿Y si hubiera sido simplemente uno de los del pueblo? Uno más en esa muchedumbre queriendo circo para aplacar las penas. ¿Me hubiera quedado callado? ¿O como ahora hacemos en misa hubiera puesto cara de solemnidad y de solidaridad? No lo creo. Habrá entre nosotros contadas excepciones, pero creo que la mayoría hubiéramos gritado, ¡crucifícalo! Muchas veces he querido gritarlo en el templo, porque sé que si no interiorizo toda mi capacidad de ser egoísta no podré nunca vencer esa debilidad.

¿No les parece que sería una vivencia soberbia el poder participar en la lectura de la Pasión de Cristo? Pilato nos habla a nosotros, al pueblo, y nos pide una decisión. ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! El murmullo en medio de los feligreses. La toma de consciencia de nosotros como pueblo del Señor. Algunos valientes sacando la espada para cortar orejas. Otros temerosos sin levantar cabeza. Y algunos negando haber conocido a ese señor.

¡Mujer, no le conozco! ¡Hombre, no lo soy! ¡Hombre, no sé de qué hablas! Tres veces antes que cante el gallo. Tres veces me habrás negado, dijo el Señor a Pedro. Y nosotros complacientes pensamos que no lo haríamos. Tenemos que tomar consciencia de nuestra débil humanidad para que el Espíritu pueda hacer su parte. Es tan reciente la historia cuando en las calles de nuestro país se tiraban hojas volantes que decían: "Haga patria, mate un cura". ¡Crucifícalo!

Esta nueva consciencia del hombre viejo nos debe ayudar a transitar hacia el hombre nuevo para que el cambio no sea sólo de vestiduras. La vivencia de la Pascua del Señor nos permitirá descubrirnos y cambiarnos. Pasar de lo que éramos a lo que queremos ser. Hay que aprovechar la Cuaresma, el Triduo Pascual y la Pascua para celebrar la vida, muerte y resurrección de Jesús. Cristo decidió enfrentar los retos de su vida siendo hombre, sin negar por supuesto su divinidad. Se hizo hombre como nosotros y sufrió en carne propia tentaciones, debilidades, vejaciones, traiciones.

Gracias a su Pascua, hay ahora en nuestras propias vidas un "antes de Cristo" y un "después de Cristo". Redescubramos en nosotros esa vocación de hijos de Dios. Renunciemos a un poco de nuestra comodidad, a un poco de nuestros excesos, a un poco de lo nuestro y descubriremos en nuestros prójimos el amor del padre. Ha sido una nueva oportunidad para que todos los cristianos reflexionáramos sobre el significado que debería tener su celebración y que nos preparáramos adecuadamente para ella.

Lo verdaderamente importante es reflexionar sobre cómo viviríamos si tuviéramos la certeza de recibir a Jesús en su segunda venida. Debemos recordar que el Espíritu Santo que es fruto de la Pascua siempre estará presente entre nosotros inspirando un cambio y una renovación permanente en nuestro interior. Celebremos en la vigilia este próximo sábado el triunfo del Señor, la vida después de la muerte. Ojalá que esta experiencia nos cambie para siempre.

*Columnista de El Diario de Hoy.