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Mi Cristo Negro

Y de nuevo, me hizo un guiño como cuando era un jovencito, como diciéndome “vaya, así quedamos, seguí adelante y pórtate bien que yo te cuido”, y es que ese Cristo Negro es mi chero

El “Cristo Negro”, un crucifijo de madera puesto en un pequeño monumento camino al Puerto de la Libertad, es mío, no en el sentido de “propiedad jurídica” usualmente asociado al término, sino “mío” en el sentido más espiritual de la palabra.

El Cristo Negro, mejor conocido como “El Cristo Negro del Camino”, ahora descansa un tanto escondido en la Catedral Metropolitana, específicamente frente a la Cripta del Beato Monseñor Óscar Arnulfo Romero, lugar adonde ahora solo los turistas, los políticos, los agitadores callejeros de izquierda y otros muy pocos privilegiados tienen acceso a Él. 

El cambio de ubicación de la imagen fue decisión de la Familia Duke-López, quien mandó a elaborar esta bella imagen en España, para colocarla en la calzada hacia el Puerto de La Libertad, en honor de su abuelo Mauricio Duke Carazo, quien falleció en un accidente de tránsito en esa zona el 20 de junio de 1922. La imagen mide cerca de dos metros y fue bautizada por su creador bajo el pomposo nombre de “Crucifijo del Santísimo Cristo de la Agonía de Limpias”, pero nosotros los salvadoreños, haciendo honor de su tono oscuro que matizaba con el tono cobrizo de nuestras pieles herencia de la mezcla española e indígena, espontáneamente lo bautizamos como el “Cristo Negro”.

Decidí hacer “mío” ese Cristo Negro desde que yo era pequeño, ya que cada vez que pasaba frente a Él lo saludaba tímidamente con una “señal de la Cruz” que en esos lejanos días me hacía rápidamente -casi arañándome- para no dejar tan solito a ese Jesús que estaba ahí en la acera, tan bellamente esculpido y tan extrañamente puesto en medio de la nada.

Mi niñez pasó en un suspiro y cuando finalmente llegaron las inquietudes de la juventud, ahora iba con mis amigos al “Puerto”, pero al pasar frente a ese Cristo sentía que me hacía un guiño, un saludo de cheros, un “pórtate bien, yo te cuido”. Persignarme y llevarme a ese Jesús conmigo cuando pasaba frente a Él, no era una costumbre, era una necesidad, ya que tenía la certeza de que si bien es cierto que el viaje con mis amigos no tenía un destino muy teológico, ese Cristo, mi chero, no me dejaba.

Finalmente, las inquietudes juveniles quedaron atrás y ahora, hecho todo un papá, pasaba con mis hijos frente al Cristo Negro. No sé por qué, pero yo sentía que Él me esperaba pacientemente en la calzada, para que cuando pasara con mis hijos, nos saludáramos mutuamente como viejos amigos. Mis hijos no tuvieron mucha dificultad de persignarse frente a Él, para saludar a ese bello amigo de su papá. Algo me dice que mis hijos empezaron a hacerse cheros de Jesús, saludando a ese Cristo que estoicamente los esperaba todos los días –lloviera, hiciera frío o calor- en la acera del camino a su escuela. 

Un buen día mi corazón se quebró cuando pasé frente a la casa de mi chero y me di cuenta de que unos sinvergüenzas habían vandalizado su imagen. ¿Quién puede hacer semejante estupidez?, rugí en mis adentros. ¿Quién puede atreverse hacerle daño a alguien que lo único que hace es regalarnos su amor y belleza? Ese fue el último día en que vi a mi Chero.

La estatua fue puesta en manos del arquitecto salvadoreño Rubén Martínez, quien trabajó durante dos años en la restauración de la escultura, para ser finalmente donada por la familia a las autoridades de la Iglesia Católica en marzo de 2011, desde esa fecha está en el templo.

Ahora, ya no está mi chero, hay una especie de póster con una imagen moderna de Él. Sí, sigue siendo el mismo Jesús, pero un poco acartonado, digitalizado, “made in China”. Por si eso fuera poco, el bello y acogedor lugarcito en donde estaba, continúa siendo incomprensiblemente vandalizado por los hijos del mal. Trato de entender, pero no me cabe en la cabeza quién se pueda tomar el tiempo para arruinar un pedacito de tierra dedicado a la belleza del Supremo Amor. Simplemente no lo entiendo.

Ahora que pasé frente a Él nuevamente y verlo ahí, desvalido y vandalizado, sucia y rota su imagen, solo me lo imagine nuevamente sufriendo en Gólgota, pero sin pensarlo, volví sentir que me hizo un “guiño”, un saludo de cheros y me dijo “no te preocupés, es que no saben lo que hacen, seguí luchando por El Salvador, este país que lleva mi nombre”; y yo dije, “bueno Jesús, chero mío, hagamos ese trato: no nos abandones, no obstante lo malagradecidos que seamos; y nosotros, los buenos salvadoreños, seguiremos luchando por este país nombrado en tu honor, al fin de cuentas, es el único que tenemos”. Y de nuevo, me hizo un guiño como cuando era un jovencito, como diciéndome “vaya, así quedamos, seguí adelante y pórtate bien que yo te cuido”, y es que ese Cristo Negro es mi chero.

Abogado, Máster en Leyes. @MaxMojica