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La crisis que ya viene

Estamos llegando al final de una burbuja gigantesca, cuyas sub-burbujas—la de la vivienda en 2003-2007, las dos de acciones en la bolsa en 2000 y en 2008, la de los productos primarios—han causado ya mucho daño y van a seguirlo causan

Hace ya ratos que he venido advirtiendo que las circunstancias están dadas para una crisis internacional bastante seria. La caída cada vez más drástica de los precios de los productos primarios (especialmente el petróleo) y de las acciones en las bolsas de los países que los producen, las enormes salidas de capital de los países en desarrollo, los aumentos violentos en las tasas de interés y en las devaluaciones en esos países auguran por lo menos una crisis en los así llamados “países emergentes”. 

De esto ya no parece haber duda. El jueves pasado la secretaria general del Fondo Monetario Internacional, Christine Legarde, se refirió a la crisis en los países emergentes como algo dado, advirtiendo que puede afectar el crecimiento de los países desarrollados. El Banco Internacional de Pagos anunció el viernes que el total de préstamos de los bancos a los países emergentes está disminuyendo por primera vez desde la crisis de 2008. Además, notó que la calidad de los préstamos (la probabilidad de que los paguen) en esos países se ha deteriorado mucho. Esto se agrava porque a nivel mundial la deuda corporativa de las empresas de los países emergentes ya sobrepasó la deuda de las empresas privadas de los países desarrollados.
 
Hay muchos que piensan que esto es una exageración porque todavía no han visto los síntomas de pánico que con frecuencia acompañan las crisis. Pero estos síntomas son lo último que se presenta en una crisis, y lo hacen cuando ya nada puede hacerse para que la crisis no reviente. Por eso es que las calificadoras de riesgo, como ahora, siempre llegan tarde a las crisis.
 
El problema es que probablemente Legarde y el Banco Internacional de Pagos estén subestimando el riesgo que la situación actual presenta a los países desarrollados. No solo es que si las empresas de los países en desarrollo no puedan pagar sus deudas internacionales, lo cual obviamente afectaría a los países desarrollados. Es que la desaceleración de los países emergentes es uno de los síntomas de una enfermedad general que afecta también a los países desarrollados. Estamos llegando al final de una burbuja gigantesca, cuyas sub-burbujas—la de la vivienda en 2003-2007, las dos de acciones en la bolsa en 2000 y en 2008, la de los productos primarios y de las acciones en países desarrollados que se está desinflando ahora—han causado ya mucho daño y van a seguirlo causando. 

Los precios del petróleo, los otros productos primarios, y de las acciones no pueden caer tan violentamente sin causar pérdidas enormes a mucha gente, que tendrán que ajustar sus gastos para poder pagar sus deudas, o parte de ellas en embargos. Esto también afectará negativamente a los bancos internacionales, que están basados en los países desarrollados. 

Para rematar el riesgo, debido a las políticas sobreprotectoras de los bancos centrales, muchos de los bancos internacionales no han limpiado realmente las pérdidas que tuvieron en la crisis de 2008, y están débiles en consecuencia. Esto sucede en Estados Unidos y también, y más probablemente, en Europa. Todo esto vuelve ominosa la situación actual. Es posible que en el futuro cercano algo pase, como que un banco europeo grande tenga una crisis repentina y fuerte para que una crisis general se desencadene. 

En El Salvador la situación del sistema bancario está bastante bien, por lo que podemos estar tranquilos por ese lado. La dolarización protege al país contra pánicos por la posible devaluación de la moneda, los grandes aumentos en las tasas de interés y las altas tasas de inflación. Los productos primarios representan un porcentaje bien bajo de nuestras exportaciones, por lo que la caída de estos precios más bien nos beneficia. Aquí el problema puede venir por dos caminos: uno, que nuestras exportaciones a países que sí dependen de los productos primarios caigan por la caída de esos precios; y, dos, que se genere una crisis de iliquidez en el mundo si todos los bancos se niegan a prestar por miedo a que nadie pague. 

El gobierno debería de reducir sus gastos para enfrentar una posible crisis. 
 

*Máster en Economía, 
Northwestern University. 
Columnista de El Diario de Hoy.