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Creer o no creer en la resurrección

Sí, no da lo mismo. Se podría aplicar a la resurrección la famosa frase de Hamlet: Ser o no ser, he ahí la cuestión. No, no da lo mismo una de las dos elecciones, aunque es experiencia muy actual la inconsecuencia en tantas personas entre lo que creen y lo que hacen.

Creer que Jesucristo resucitó verdaderamente --no caben escapismos de "resucitó en espíritu", "en la memoria y amor de los discípulos" o cualquier otra zarandaja seudo-mística--, que resucitó con un cuerpo humano verdadero eso es lo importante, lo decisivo, lo que cambia el sentido de una civilización, de su cultura, de las vidas humanas en general y la de cada uno en particular.

Que hoy haya mucha gente que no cree en la resurrección de Jesucristo lo vemos en las consecuencias de tantas vidas malogradas. Parecería que han leído a Pablo de Tarso y se han quedado solo en esa frase suya que dice que si Jesucristo no ha resucitado, vana es nuestra fe; comamos y bebamos que mañana moriremos, pero éstos la aplican no como una teórica posibilidad, sino como una contundente realidad. Para ellos no hay Dios; Jesucristo no lo es, por lo tanto no hay resurrección… entonces: --¿qué sentido tiene la vida? --Pues el cada uno quiera darle, dicen, pero para la inmensa mayoría eso orienta los esfuerzos y sentido de sus vidas a tener las mayores comodidades y placeres y los mínimos deberes y limitaciones. Primero yo, después ya veremos si queda tiempo para otros.

Eso no quita que muchos de los creyentes en Jesucristo no lo muestran en absoluto en sus vidas, egoístas y comodonas mucho más que la de algunos ateos que tienen el sentido de la ley natural en su conciencia y corazones dispuestos a la solidaridad, aunque les cueste duros esfuerzos y sacrificios.

Ante esto me hacen sonreír aquellos adoradores de la economía y su credo, su fe: --Lo importante es que vaya bien la economía del país. Y uno responde: --Que vaya bien ¿para quién? ¿Para todos o sólo para algunos? No, la economía es importante, como también es la salud y otra serie de cosas pero tenemos ejemplos muy claros e irrefutables --como el de Chile, el de España-- en que mejorar la economía no ha mejorado a la gente sino todo lo contrario. España tuvo su primer auge económico en la dictadura de Franco. Yo conocí ese crecimiento increíble, ver a trabajadores agrícolas que la mayoría no había tenido antes ni una bicicleta, diciéndote adiós al pasar, veloces manejando su carro. Ese crecimiento económico siguió con los primeros gobiernos de la democracia pero creció también con ellos, la gente atea, grosera, malhumorada, mal educada, ansiosos por tener más en vez de ser mas, amargados porque el vecino tenía mejor carro o mejores vacaciones, etc. Con Zapatero la economía se vino abajo y todas las corrupciones anteriores aumentaron dejando un país irreconocible.

El otro ejemplo es el de Chile, que recorrió un camino muy parecido. Fue el gobierno de Pinochet el que sacó al país del desastre económico y moral del allendismo para ponerlo a la cabeza económica de toda la América hispana, pero vinieron después los contubernios políticos de socialistas con democratacristianos, el progreso económico siguió, pero la salud moral de la población, no. Si no hay valores ético-religiosos se cumple lo del refrán: ¿Dónde va Vicente? --Adonde va la gente. Pero esa gente ya no es gente, sino masas esclavizadas mental y corporalmente con todas las mentiras ideológicas y la podredumbre moral de la cultura de la muerte.

Creer en la resurrección no es sólo una creencia entre otras igualmente válidas, no. "Por los frutos los conoceréis" es sentencia de Jesucristo y los frutos de esta anticultura anticristiana que se va extendiendo por todo el mundo como un cáncer metastásico, están a la vista con estadísticas crecientes de infelicidad humana para los que se someten a su veneno espiritual.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com