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Cosa más frágil la vida, Chico

Al que madruga Dios no siempre le ayuda.

Se levantó tempranito a preparar los panes con pollo y el pepino con limón y sal que les hace agua la boca a los cipotes. Empacó el maletín con toallas y chancletas, y dejó todo en la puerta de su casa, mientras despertaba a su hermano, quien los visitaba de Los Angeles, y a sus dos hijos. Como costó que se durmieran anoche por la anticipación de hacer un gran castillo de arena en el mar.

Empezaron el Miércoles Santo con pie derecho: "Qué chivo que el trafico fuera así todos los días", comentó ella saliendo de Opico en busca de la calle al Puerto. En menos de dos horas llegaron al Zonte, playa que él tenia mapeada, pues le había llamado la atención mientras navegaba en Internet. Es más, ni lento ni perezoso, ya había alquilado un rancho antes de despegar de LAX.

Los bichos, que habían sustituido la pijama por la calzoneta y sólo ayudando con los baldes y las palas, salieron zumbados a la arena a iniciar la construcción.

Un día glorioso en El Zonte. El cielo despejado y profundamente azul, como si fuera diciembre; la brisa, constante y sonante, no dejaba que la calor amolara; la marea baja baja, con todo y pocitas, muchos ostreros echando la soca en el horizonte, surfistas echando el arte.

Él contaba lo helado que es el mar en Santa Mónica, del montón de edificios, de tanta ley que hay que respetar, de que sólo chelitas se ven. Fascinado de gozar en una playa de su tierra, aseguraba que es mil veces mejor la temperatura del mar de El Salvador, sus farallones, sus palmeras, sus ostras, sus morenzas y su ambiente más relax en el que " hasta los chuchos gozan".

La marea subía paralela al sol, y poco a poco, la poza se fue llenando y el castillo derritiendo. Momento perfecto para, después del chapuzón de rigor, reventarse una docena de ostras con una cerveza bien helada: "¡ Démole!".

Clarita estaba el agua pero lástima que no mansita. De repente, el paseo se convierte en pesadilla. Un alfaque con sus violentas corrientes submarinas, empuja a los cuatro hacia el abismo.

Caminando en la playa con mi esposa, escuchamos los llamados de "¡Auxilio! ¡Ayuda!", les gritamos que no lucharan contra la corriente, que mejor se dejaran llevar, y salimos "chipusteados" a llamar a los surfistas.

La reacción de la comunidad de El Zonte fue inmediata. El Triste, profe de surf, se lanzó con decisión al rescate con su tabla. El Gringo, ostrero, con firmeza al rescate con su tubo. Me quito el sombrero ante ellos y otros héroes anónimos, que actuaron como Dios manda. Clara evidencia de que ante la adversidad, los salvadoreños somos " calidá".

A todo esto, ya se había llenado la playa de mirones, incluyendo a tres agentes de la PNC. El Triste sale primero con la señora, ahogada, pero aún con pulso. Lástima que nadie había cursado primeros auxilios. El Gringo sale después con los dos niños, sanos y salvos, dentro del tubo. El hermano lejano sale de último, sin soplo de vida, sobre una tabla de surf.

De la nada aparecieron dos toallas blancas sobre dos cuerpos, que tuvieron que esperar cinco horas para que Medicina Legal los reconociera, antes de ser trasladados al inicio de sus santos sepulcros en San Juan Opico. Descansen en paz.

¡DIOS MÍO, QUÉ FRÁGIL ES LA VIDA!

Nota: Relato hipotético sobre lo que pudo haber sido un triste día en la vida de una familia de San Juan Opico.

Envío también un descansa en paz a las familias de las otras victimas de las mareas Marcianas, incluyendo un RIP a la de Jack Cheng, prominente surfer ortopeda de California, quién murió, en El Tunco, practicando su pasión.

*Colaborador de El Diario de Hoy.

calinalfaro@gmail.com