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Corrupción, ética y ADN

Llevamos muchos años conviviendo con la corrupción. En los últimos meses, los medios de comunicación, el runrún en las redes sociales, el empeño en acusarse mutuamente del que están padeciendo algunos políticos, y el periodismo de investigación, han proporcionado más que suficiente material para pensar que estamos de corrupción hasta las orejas.

No obstante, para hacer justicia, hay que decir que estamos en esto de la corrupción desde que el mundo es mundo, pues dondequiera que haya personas existe la posibilidad de comportamiento inmoral, ya que la corrupción es inherente a la libertad. De la misma manera que el comportamiento virtuoso es inseparable también de la libertad y de la vida social.

Lo diferente no es pues, la corrupción; sino que en estos tiempos la podredumbre está más a la vista. Ahora es imposible ocultar la información o hacer cosas que no se lleguen a saber. Las cámaras privadas y públicas de seguridad, la información que uno voluntariamente sube a la Internet, o el registro de las compras con tarjetas de crédito, por citar sólo tres ejemplos, nos tienen en perenne vitrina.

Paradójicamente, en estos tiempos en los que la corrupción aparece por todas partes, se multiplican los tribunales, códigos y comités de ética por doquier.

Simultáneamente con esta explosión de reglas, leyes y normas, perdemos de vista que la solución a los problemas de corrupción no puede depender exclusivamente de lo legal (bien decían los antiguos que una sociedad es tan corrupta como el número de leyes que promulga), ni de lo religioso, o de las costumbres y acuerdos multilaterales sin más.

La erradicación de la corrupción nos va a venir de comportarnos, de ser, sencillamente, lo que somos: personas libres que responden por las consecuencias de sus acciones, ciudadanos que aceptamos vivir de acuerdo a unas leyes de convivencia escritas y no escritas, aceptadas explícitamente en algunos casos y en otros de manera tácita. Vivir como seres humanos que se dejan llevar por el amor, empezando por el que se tiene a la familia y terminando por el amor a la Patria; pasando por la solidaridad y la responsabilidad para con todos.

Aunque parece obvio, vale la pena recordar que la ética no se hace a fuerza de ocuparse de los temas que los medios de comunicación ponen de moda porque irritan o escandalizan la opinión pública; como si todo se redujera a un asunto de acción-reacción, de premios (votos) y castigos (no votos), de ideología (buenos los de mi partido, malos los contrarios), conveniencias, o de la ley del más listo.

La ética es uno de los legados más importantes que la experiencia de miles años de civilización ha dado a la humanidad. Es una forma de vivir y alcanzar la realización personal y colectiva a fuerza de hacer el bien y evitar el mal, de pensar que nuestras acciones tienen consecuencias públicas y privadas, de considerar que cada ser humano tiene responsabilidad para sí mismo y para con todos los demás.

No es un conjunto de reglas, ni siquiera un manual de operación del hombre probo… La ética es fundamental para ser personas, pues su raíz está en la libertad, y la libertad es lo que nos separa de los animales. Es medular en nuestra constitución, viene a ser como el ADN del alma que se manifiesta en esa perenne sed de buscar el bien; de modo que quien no vive libre y responsablemente al hacerse cargo de sus acciones y procurar contribuir con hechos al bien común, deja, en cierto modo, su dignidad en la cuneta, y lo peor: si tiene un cargo de responsabilidad pública, arrastra consigo a sus conciudadanos.

* Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare