Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Correr la maratón

esde que el legendario soldado ateniense Filípides hizo esa locura inhumana de desplazarse corriendo una distancia más grande que el cansancio, no hemos logrado parar. Y es así que alrededor del mundo, todas las semanas decenas de miles de personas se embarcan en la locura de correr por horas hasta completar los míticos 42.195 kilómetros que constituyen una maratón completa.

No es fácil: quien se compromete a tachar de su lista de vida el hito de completar una maratón deberá estar dispuesto a prescindir (en algunos casos para siempre) del pedicure perfecto, a sacrificar la vida social la noche antes de un entreno largo, a negociar perpetuamente con el aparato digestivo, a tomar anti-inflamatorios con la regularidad de quien toma vitaminas, a empezar a ver la comida como gasolina y no como sustento, y a frecuentar Google Maps con la misma asiduidad que Facebook. Y ya en la carrera, sucede que hasta los mejor preparados pierden el aire en los últimos diez kilómetros, y esos sprints entusiastas del principio terminan siendo la causa de que algunos se priven de la euforia absoluta que implica cruzar la meta.

Después de la línea de meta viene el regalo de sentirse completo a pesar de haberlo dado todo, pues se recibe la validación de que todos los sacrificios han sido reembolsados. Quien se prepara para la maratón sabe que cada día y cada doloroso entreno son para cruzar la meta y respirar la euforia de los 42. Nadie se esfuerza tanto para hacer un buen pique en los primeros 5. A los que se retiraron por lesiones, cansancio o falta de estrategia en el kilómetro 24, nadie los recordará por sus buenas intenciones o por el esfuerzo.

Y esta lógica, que se vuelve el pan de cada día para el que entrena para una maratón, resulta sumamente aplicable para otros esfuerzos que valen mucho más que la gloria de la meta, como el futuro de una sociedad libre y democrática. Enfocarse en que la gloria está en ganar elecciones es padecer del cortoplacismo que obliga a muchos corredores a retirarse adoloridos. Los 42 kilómetros para la sociedad libre que muchos queremos para El Salvador están mucho más lejos que el 9 de marzo.

La verdadera meta, si la sociedad civil de verdad cree en los mensajes de democracia, república y derechos que promueve, debería ser llenar la Asamblea Legislativa de ciudadanos comprometidos para sacar a los políticos oportunistas. Gane quien gane el 9 de marzo, sólo un freno de mano compuesto por una masa crítica que tenga la valentía de votar diferente en la Asamblea podrá defender la Constitución: individuos que sean el filtro a las politiquerías y la defensa de nuestros derechos, que se vuelvan guardaespaldas de las instituciones y no compadres de quienes las serruchan impunemente. Límites al abuso de poder y no arrogantes empoderados. Que sean el candado que bloquee reformas constitucionales que busquen estirar el poder y la llave que las abra cuando sean para garantizar derechos. Y es cierto: correr la maratón no es fácil. Pero si nos conformamos con un pique mediocre, después no hay derecho a quejarse del dolor de las lesiones y del vacío de jamás haber experimentado la gloria de la meta.

*Lic. en Derecho.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezgD