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El congreso del FMLN

La historia es muy diferente para El Salvador. Veintitrés años después de la firma de la paz continúan reivindicándose las mismas consignas que se utilizaron durante la guerra, con igual beligerancia y por las mismas personas

El FMLN celebró su primer congreso entre el 6 y el 8 de noviembre. Treinta y seis años antes, en 1979, en Madrid, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) realizaba el vigésimo octavo cónclave de la misma naturaleza. En dicha ocasión, su Secretario General, Felipe González, propuso renunciar al marxismo como ideología oficial del PSOE. Ese mismo año triunfaba la revolución sandinista en Nicaragua. Para entonces en El Salvador cobraba impulso la idea de unificación de las cinco estructuras que, en 1980, integrarían al Frente Farabundo Martí para La Liberación Nacional. En 1982, mientras los salvadoreños se enfrentaban en un conflicto armado que se postergaría hasta 1992, aquel dirigente político español que exigió la transformación de su partido, se convertiría en presidente del gobierno durante trece años y medio que finalizaron en 1996.

El contraste de los acontecimientos remarca las diferencias de visión entre los liderazgos de ambos institutos políticos. Felipe González supo interpretar “los signos de los tiempos”. Francisco Franco, “Caudillo de España y Generalísimo de los Ejércitos”, quien gobernó, dictatorialmente, durante casi cuatro décadas,  había muerto en 1975.  De la misma manera, apenas 12 meses antes del XXVIII Congreso del PSOE, en 1978, se había aprobado la nueva Constitución que hacía de España un Estado democrático, social y de Derecho con una forma de gobierno monárquica parlamentaria. González estaba convencido que el proceso de reforma política impulsado por Adolfo Suárez, el estadista que encausó la democracia electoral y la nueva institucionalidad, no tenía marcha atrás y que los españoles reclamaban más libertad, desarrollo económico y apertura hacia el mundo.

La historia es muy diferente para El Salvador. Veintitrés años después de la firma de la paz continúan reivindicándose las mismas consignas que se utilizaron durante la guerra, con igual beligerancia y por las mismas personas. Se habla de “sindicatos del proletariado”, de “organizaciones campesinas” y de “la oligarquía” y de sus aliados. En resumen, se sigue alimentando la lucha de clases como estrategia para mantenerse en el poder con el agravante que ahora se busca una “hegemonía de la izquierda” para adquirir el control total de las instituciones bajo la excusa que solo así podrán “aplicar un programa de transformaciones estructurales en todos los órdenes”.

Lo más desconcertante es que, mientras por un lado se identifican “enemigos ideológicos”, incluyendo en esa lista a las organizaciones gremiales, a los medios de comunicación, a las universidades privadas, a las fundaciones defensoras de “la derecha”, a los intelectuales y a los sectores religiosos, por el otro se invita a estas agrupaciones y personas a formar parte de las distintas instancias de diálogo constituidas por el actual gobierno. Quienes integran el “asocio para el crecimiento”, el “comité consultivo de la alianza por la prosperidad” y  el “Fomilenio II”, harían bien en contrastar los objetivos que persigue el partido oficial, plasmados en los documentos aprobados en  su primer congreso, con las agendas de desarrollo económico, de competitividad y de modernización del Estado que orientan a esos proyectos de cooperación financiados por el gobierno de los Estados Unidos.

También llama la atención que dos días después de celebrado ese encuentro partidario al que asistió el gobernante salvadoreño en su carácter de militante, Casa Presidencial recibió la visita del exmandatario de los Estados Unidos, Bill Clinton, para una audiencia privada con el profesor Salvador Sánchez Cerén, quien durante esa ocasión actuó como Presidente de la República. Apenas veinticuatro horas antes se suscribía una resolución por parte del liderazgo del FMLN, cuyo contenido avalaba las aspiraciones del partido de izquierda para la implementación del “socialismo a la salvadoreña” en absoluta oposición al régimen de libertades individuales, al respeto a la propiedad privada y a la sumisión al Estado de derecho, principios con los que seguramente comulga quien lideró a la nación norteamericana por ocho años, entre 1993 y 2001.

Los partidos políticos y sus dirigencias son libres de asumir el ideario que mejor resuma los anhelos de su militancia. Lo que no se vale es que esas doctrinas e ideologías retrasen el progreso nacional y mantengan al país sujeto a credos del pasado que ya fracasaron.

*Columnista de El Diario de Hoy.