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Confesiones de un cliente maltratado

Luis Valverde me ha contactado de nuevo para contarme otra de sus aventuras de terror. Esta vez no con un inquilino, sino como cliente.

Cuando hace muchos años puso su propio negocio compró un carrito de segunda que le salió más o menos bien. A veces fallaba, pero nada grave. Casi siempre resolvía el problema en una gasolinera.

Cuando el negocio mejoró, Luis decidió comprarse un auto nuevo. Entonces vendían los carros sin aire acondicionado y sin cinturones de seguridad. Eran considerados como extras y había que pagarlos aparte o comprar el modelo más caro.

Luis compró el barato. Me cuenta que jamás olvidará el olor a nuevo de la carrocería ni la suavidad del volante. La esposa estaba deslumbrada. Para los Valverde aquel compacto, les provocaba la misma emoción que un Ferrari para ciertos tipos.

El servicio de mantenimiento del taller de la empresa era de primera. Le devolvían el auto el mismo día y si se tardaban más de 24 horas le proporcionaban uno sustituto por un precio razonable. Luis se sentía satisfecho. Luego de cinco años Luis cambió el auto por uno mejor. Para ese momento la empresa se proclamaba líder en el mercado.

Pero el auto tenía algo extraño. Las luces del tablero no funcionaban bien. Solo iluminaban una parte. La segunda velocidad no tenía la potencia esperada. Le dijeron que le arreglarían el problema. Los mecánicos no resolvieron nada. Pero Luis se adaptó a andar con el tablero a media luz y una segunda sin mucha fuerza.

Notó, me cuenta, que el taller comenzó a entregarle el carro ya no el mismo día, sino dos días y hasta cinco días después y ya no le ofrecían el auto sustituto. Le argumentaban que tenían muchos clientes y que no había ni personal ni autos disponibles. La empresa había crecido tanto que comenzó a fallar a los clientes. El éxito se convirtió en su enemigo. Sin embargo, cinco años después Luis decidió comprarse su primera camioneta.

Por lealtad compró al mismo proveedor. El día que le entregaron su flamante nueva camioneta, notó que el espejo de la pestaña antisol estaba quebrado. Le prometieron que le cambiarían toda la pestaña. Nunca lo hicieron y Luis no dijo nada pero se quedó con la espinita. El taller de servicio siguió cada vez peor. A pesar del carísimo servicio de mantenimiento.

Y muchas veces el auto era entregado como si no le hubiesen hecho nada. A veces, incluso olvidaban, la carátula de la radio. Unos cuatro años después los mecánicos convencieron a Luis que cambiara de auto, diciéndole que los repuestos eran muy caros (y vaya que lo eran comparados con otros proveedores). Luis, enemigo de discusiones, cambió de carro.

Se hizo de una camioneta nueva. Y aquí comenzó el infierno. A los dos años, me cuenta mi amigo, el auto se apagaba sin ninguna razón. Le dijeron que resolverían el problema. No lo hicieron. En su lugar le vendieron un motor nuevo a un precio de casi la quinta parte de lo que costaba. Una oferta extraña. Pero Luis lo aceptó.

El nuevo motor se arruinó en menos de dos años. Después, en Internet, Luis averiguó que la producción completa del modelo que le habían vendido, había salido mala y que la fábrica la había retirado del mercado. Pero nada de esto le dijeron a mi amigo, aunque ya lo sabían.

El auto dejaba tirado a Luis en cualquier momento. Llegaba tarde a todas partes. Después de rechazar un presupuesto astronómico por la reparación (el equivalente de lo que vale un auto compacto nuevo), el taller que en publicidad dice ser el mejor, le entregó a Luis el auto sucio y con el motor desarmado.

Luis Valverde decidió cambiar de proveedor. La otra empresa le ofreció el cielo y la tierra, lo hizo sentir como un rey, le polarizaron los vidrios, le pagaron las placas, le dio facilidades de pago increíbles por un buen vehículo. Pero Luis no se fía, me dice, esperará un par de años para contarme cómo le ha ido. Anda feliz en su nuevo auto. Por el momento, dice.

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com