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Conclusiones de la crisis

Si algo bueno puede salir de la crisis social, ojalá sea la empatía de quienes arriesgan menos el pellejo para llegar a su trabajo con aquellos para quienes, esta semana, fue otro episodio ordinario de jugarse el todo por el todo

El dedo con el que intentaban tapar el sol de la real crisis de inseguridad que está ahogando al país, finalmente lo quitaron con el paro de transportistas. Cuatro cosas, que aunque eran obvias, se comprobaron de sobra: la primera, que el Estado no tiene el monopolio de la fuerza sino que compite (y va perdiendo) con el oligopolio de las pandillas. Segundo, que quienes lideran el país (los actuales y los anteriores) no tienen una hoja de ruta para encarar la epidemia de inseguridad. Tercero, la oposición encontrará siempre la manera –-independientemente del grado de insensibilidad-– de explotar crisis para sacar réditos políticos distrayendo de lo que importa. Cuarto, muchos no empezaron a preocuparse por la inseguridad que día a día frena el desarrollo de sus compatriotas hasta que la sintieron cerca.

Las pandillas, sin manifestarse o publicarlo en carísimos anuncios publicitarios enviaron un fuerte mensaje: que con la presión de la violencia y el miedo, son capaces de paralizar el país a su antojo, puesto que la única fuerza que podría detenerlos – la de la ley y la del monopolio estatal de la fuerza – está desarticulada al punto de la inutilidad.

El gobierno ocupó la crisis para victimizarse, prefiriendo salvar el cuello político y buscando chivos expiatorios en donde no los hay. Al gritar que la crisis es producto de “golpes de Estado” fantasmas y “campañas de desestabilización” dejan en evidencia que ignoran lo obvio: que la inseguridad es un problema de política pública y no de politiquería electoral, por lo que no se acabará con sloganismo y baterías de mensajes.

La oposición, empecinada en sacar réditos políticos de la irresponsabilidad del presidente de no poner en pausa por la crisis su rutina ordinaria y posponer su huida a La Habana para un chequeo rutinario (si era rutinario, difícilmente era urgente), distrajo a la opinión pública del tema que importaba: que estamos en guerra contra la inseguridad y la inseguridad está ganando. Era el momento de enfocarse exclusivamente en proponer alternativas. Al además hacer campaña, distrajeron de cualquier alternativa que pudieran proponer.

También es triste que algunos ciudadanos solo se percataron de la gravedad de la situación de violencia en el país –-que tiene bastante de estar mal-- hasta que se les reventó la burbuja de comodidad cuando se encontraron atrapados en más tráfico que de costumbre. El miedo, que antes solo se vivía “en otras colonias” se coló por debajo de los portones de las colonias cerradas, azuzado por los rumores, la incertidumbre y la falta de señales claras por parte del gobierno. Ese miedo que hace reportarse a los familiares al llegar a la casa. Ese, que restringe planes y obliga a encerrarse y que, según quienes fueron testigos, se vivía en los ochentas. Si algo bueno puede salir de la crisis social, ojalá sea la empatía de quienes arriesgan menos el pellejo para llegar a su lugar de trabajo cada mañana con aquellos para quienes, esta semana, fue otro episodio ordinario de jugarse el todo por el todo. 

La política pública se construye partiendo de las circunstancias existentes, no de las circunstancias ideales ni de las circunstancias deseadas. Las circunstancias, como menú de comedor a la vista, son “lo que hay”. Y lo que hay, es un grupo violento que se ha convertido en un actor político, con poder fáctico para doblarle el brazo al Estado y a la ciudadanía. No es ni ideal, ni deseable. Es lo que hay, por lo que una política que ignora este elemento y pretende construirse alrededor o a pesar de las pandillas y no con su participación, no va a funcionar. Dios ayude a El Salvador.

*Lic. en Derecho de ESEN con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. Columnista de El Diario de Hoy.
@crislopezg