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Como país de migrantes, no podemos abandonar a los cubanos en Peñas Blancas

Una buena porción de los salvadoreños (o sus padres, o sus abuelos) son migrantes que tuvieron razones políticas, económicas, de guerra, persecución o pobreza, para salir de sus países de origen en Europa o el Medio Oriente

Tienen ya más de un mes de estar acampados unos cuatro mil cubanos en Costa Rica, la mayoría en Peñas Blancas, en la frontera con Nicaragua, porque  el gobierno de Daniel Ortega se niega a dejarlos pasar en su travesía hacia Estados Unidos.

¿Son migrantes o son refugiados? Bueno, aparentemente huyen de Cuba, sea por la falta de libertades o por la falta de oportunidades económicas. Si miles de personas están dispuestas a emprender estos viajes en balsas por el mar Caribe o por tierra desde Ecuador, pasando por Colombia, Centroamérica y México, obviamente no son turistas. Uno tiene que estar bastante desesperado para exponerse a los maltratos de coyotes, bandas criminales, policías y gobiernos “revolucionarios” como el nicaragüense. 

Talvez la causa del éxodo no se pueda comparar con las guerras en Afganistán, Irak y Siria, que expulsan a millones de personas, de los cuales muchos han emprendido una marcha prosaica por todo Europa para buscar refugio y futuro en países como Alemania y Suecia. Las marchas y las fotos se parecen: Miles de sirios en la frontera con Hungría, donde un gobierno ultraderechista no los deja pasar, aunque ninguno de ellos quiere quedarse en ese país, y miles de cubanos en la frontera de Nicaragua, donde un gobierno del “buen vivir” no los quiere dejar entrar, aunque nadie quiere quedarse en ese país. Así como los sirios quieren llegar a Alemania, donde son recibidos con respeto a su dignidad, los cubanos quieren llegar a Estados Unidos, donde siempre han sido bienvenidos los que huyen de Cuba.

El problema: ¿Cómo llegar a Estados Unidos? Los que tienen suficiente dinero para pagarse pasajes aéreos, ya lo han hecho. Los que no pueden pagar esto, tienen más de un mes de estar acampados en Peñas Blancas.

Sólo hay dos formas de resolver esta situación. O todos los gobiernos de la región (de Ecuador, pasando por Colombia, Centro América, México hasta Estados Unidos) se ponen de acuerdo para darles salvoconductos a los miles de cubanos. Esto obviamente incluye al gobierno nuestro, que incluso podría tomar la iniciativa y asumir un papel de mediador.

Y la otra solución sería: establecer un puente marítimo o aéreo, organizado por organismos como Naciones Unidas, ACNUR, y la OEA y financiado por Estados Unidos como el país receptor.

Sólo existen estas dos soluciones, o cualquier mezcla entre las dos: por ejemplo un puente marítimo entre Costa Rica y El Salvador, y un acuerdo migratorio entre El Salvador, Guatemala, México y Estados Unidos, dejando afuera Nicaragua que es el principal obstáculo. 

¿Alguien ha escuchado al gobierno salvadoreño hacer este tipo de propuestas para resolver un problema humanitario y de derechos humanos?
Porque la tercera opción --mandarlos de regreso a Cuba-- es inaceptable. No sólo para los miles que decidieron abandonar la isla, sino también para el gobierno cubano, que conscientemente ha abierto esta válvula de escape hacía Ecuador.

Nosotros somos una nación de migrantes. Una buena porción de los salvadoreños (o sus padres, o sus abuelos) son migrantes que tuvieron razones políticas, económicas, de guerra, persecución o pobreza, para salir de sus países de origen en Europa o el Medio Oriente. O simplemente vinieron ejerciendo un derecho universal que nos asiste a todos: el derecho de escoger libremente adónde vivir, trabajar y hacer país. Por otra parte, millones de salvadoreños, algunos huyendo de la guerra, otros de la violencia de la posguerra, otros de la violencia actual, otros de la falta de oportunidades, decidieron emigrar a Estados Unidos, Canadá o Europa, algunos afortunados de manera legal; la mayoría de manera ilegal, exponiéndose a cualquier tipo de peligros, igual que los cubanos de Peñas Blancas.

Por esto, en El Salvador, ante el drama de los cubanos en la frontera nicaragüense, no podemos ser indiferentes.

*Columnista de El Diario de Hoy.